Un lugar lleno de falsas nociones, de equivocadas perspectivas y de lastres que alteran las percepciones.
Eduardo González Peña
- Eduardo
- Argentina
- "El que cree haber entendido cualquier cosa sobre mí, se ha formado de mí una idea que responde a su imagen" Nietzsche.
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lunes, 12 de abril de 2021
lunes, 29 de marzo de 2021
martes, 30 de abril de 2019
viernes, 14 de septiembre de 2018
Yo, tu casaca metálica
Yo que soy el producto de tu historia, pero que también produje tu
historia. Yo que tengo 26 años y que te recuerdo lo intrincado de tu
individualización. Yo que soy fruto de esa disruptiva sensación de que
el orden estable no existe y que te recuerdo el colapso de una
estructura social “bien” instalada y relativamente fija. Yo que soy la
hija de las posibilidades de cambio y que por eso fui diseñada bajo el
impulso del miedo a perder a aquellos que considerabas tus iguales. Yo que soy la hermana menor del saco punky del gran Horacio B.
Yo que soy una síntesis de entre tu trama biográfica y sus tensiones
diacrónicas y sincrónicas. Yo que estuve con vos en las tribunas que
River visitó durante 10 años, hasta que cambiaste por camperas del
Millo: Careta! Yo que te acompañé cientos de veces a “jugar” al fútbol
al Güemes. Yo que te veía compartir cervezas en las frías escaleras de
algún rincón del barrio con el ya nombrado Horacio, pero también con Hernán, Sebastián, Cristian, Juan Martin y con la estrella roja de Augusto Clash.
Yo que estuve en tu primera borrachera y, justamente, fue la familia
Dorado la que te rescató de la ignominia de no ser capaz de volver a casa. Yo
que tengo marcas de grasa de los arreglos mecánicos de los Toros y que
supe ser verde oliva. Yo que te abrigaba mientras pescabas con Antígona y
Garrote. Yo que estuve con vos en las gradas frías del autódromo de
Buenos Aires. Yo que todavía llevo, en algunos de los parches, las
señales de la mano hábil de tu abuela. Yo que te acompañe al primer
recital de Milito y Justi con los enormes Kiss. Parece que hoy te tengo
que recordar que fui mojada por Ozzy, que tuve que bancar la
transpiración tuya y del resto de los monos que te rodeaban en esos
diciembres adentro de Obras, para que cumplas tu deseo de estar cerca
del Colorado gritando “Aguante Megadeth”. Y que siempre te protegí de
los golpes de la vanguardia para estar cerca de Angus, Harris, Lemmy,
Joey, Iommi, Rotten, Bruce, Alice, Darrell, DeMaio, Ian, Araya, Gene,
Helfield, Halford, Dio, Gillan y Slash. Lo mismo con Riff, Hermética y
Horcas. ¿Hace cuánto que no me portas como estandarte? ¿Te parece que me
alcanza con recitales salteados de Black Sabbath, Ozzy, Megadeth, The
Who, Anthrax, PIL, Los Violadores o Barón Rojo? ¡Yo quiero salir todas
las noches! En fin, por lo menos me llevaste a ver a disfrutar del gran Divano en ACV y Velocidad 22. Lamentablemente, no pude ver a Hërpes con Nicolás Dorado.
¿De verdad? Es como un herpes que no pica. ¿Qué te pasa? ¿Qué te ocurre
después de tanto tiempo? Sabés lo que pasa, aunque sos un buen metálico
y todavía no engordaste lo suficiente para que no pueda cubrir tu
humanidad, es que te estás volviendo viejo.
(Foto by Zazil Ha)
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lunes, 16 de abril de 2018
Defensa de la tesis "Ford Falcon (1962-1991). El mismo, pero mejor. Illusio, habitus y sentido práctico en el Campo Automotriz Argentino."
Eduardo González Peña: Sociología CBC UBA.: Defensa de la tesis "Ford Falcon (1962-1991). El m...: Hoy entendí que no debo perder el tiempo buscando esos años perdidos, me enfrenté y me puse de pie, y me di cuenta que estoy viviendo años ...
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lunes, 5 de mayo de 2014
Mi Torino SE, parte II y final
El valor de algunas ideas radica
en su capacidad de encender el entusiasmo de la voluntad en busca de lo que se
quiere, en permitirnos salir de la trampa que generan las ideas “cortas” y de conferirnos
de respuestas anímicas para resolver los problemas concretos que se nos
presentan. En mi caso tenía (y suelo tener) un fuerte desprecio por las formas de
la vulgaridad en cualquiera de sus modalidades (desde las artísticas hasta las
intelectuales). ¿Qué entiendo por vulgar? Es otra forma que me doy para llamar
a lo “normal”, es decir, de nombrar a lo que no tiene nada de originalidad.
Si bien la originalidad, en sí
misma, es solo un fetiche, su búsqueda posibilita el desarrollo de excelencias.
Tal vez esa búsqueda sea impulsada por el deseo vanidoso de querer pertenecer a la aristocracia
del espíritu. Aunque cuál es la causa eficiente de semejante exploración, en
realidad, no importa; lo realmente relevante es que estimula a oponerse al
orden de valores considerados legítimos por los espíritus adocenados. La utopía
de la originalidad es un motor para lograr contar con algo que es irreducible,
que no se deja ahogar por las convenciones de las tétricas escalas de lo
vulgar.
El mundo es sensacionalmente complejo,
pero las formas de razonamiento pedestres clausuran las posibilidades de poder
percibirlo y se inhiben frente a la materia plástica que es la realidad. En el
caso del relato que nos ocupa era típico que tuviera que escuchar decir a éstos
espíritus que “el Torino es grasa”, que “el Torino consume mucho”, que “es un
auto viejo” o cualquier otro tipo de sentencia acompañada por el sello propio
de la acidez corrosiva del sentido común. Mal por ellos. Se pierden en la vida como
las hojas caídas en el otoño.
Yo me encontraba enamorado de la idea de tener un Torino.
No me importaba que fuera un cuatro puertas cuando deseaba una cupé (con el
tiempo tuve la ansiada TSX, con sus 200 Hps, A/A, DH, tablero de avión, etc.). No
me afectaba el gran choque que tenía en el guardabarros trasero derecho. No
incomodaba tener que ir “pateando” hasta la facultad cuando no tenía dinero
para poner en el tanque de combustible los cinco litros necesarios para hacer
los 20 km del circuito casa, sede Ramos Mejía de Sociales y vuelta a mi casa.
No me afectó tener la DH rota al momento de estacionar en el examen para sacar
la licencia de conducir. No me molestaba tener que recorrer todo Guarnes para
conseguir algunos repuestos. Lo mismo puedo decir de ensuciarme desarmando toda
la distribución del motor para cambiar la cadena, tener que reemplazar un metal
biela fundido, en reparar el tren delantero o en limpiar el carburador. Incluso
una mujer que mirara con malos ojos mi Toro o que hiciera algún comentario
inconveniente no valía la pena. Por supuesto que en algún punto todo eso me fastidiaba,
pero para mí merecía la pena.
Todos esos esfuerzos eran
eclipsados por el placer de salir con los amigos por media ciudad de Buenos
Aires o por poder ir de vacaciones a la costa con ellos; por el empuje de escuchar
en su interior AC/DC, Iron Maiden, Megadeth, Ozzy, Manowar o el primer CD de
Almafuerte; por ir con los amigos en el Toro los fin de semana a Tigre para
remar o ir a pescar a Entre Ríos; por decirle a un “viejo” pelado que conducía un Mercedes-Benz, de
ventanilla a ventanilla, que veníamos desde hace 200 km con una biela fundida pero
qué importaba si teníamos pelo en la cabeza; por el hecho de que ningún amigo o
conocido pueda decir que no lo llevé hasta su casa (menos que le cobré la
nafta); por todas las veces que me protegió de la lluvia; por el privilegio de conducirlo
por todo el gran Buenos Aires debido a cuestiones de trabajo; por el brillo de
sus cromados después de lavarlo; o por silenciar a los Falcón Sprint que se reunían
en el Puerto de Olivos con el grave y único rugido de su motor con “solo” 180
Hps (los Sprint y las Chevy SS tienen 160 Hps).
Aún hoy en día algunos todavía me recuerdan por
mi Torino SE y otros por mi cupé TSX. Es indudable que ambos Torinos fueron
parte de vida y que se encuentran estampados en mi ser. Es por ello que me sentí
empujado a escribir estas letras: no quiero olvidar esas emociones marcadas a
fuego en mi experiencia vital.
Sin embargo, todas estas anécdotas,
emociones y sucesos ligados a mi Torino SE, modelo 1977, de color gris coraza,
con DH y caja ZF, pudieron haber no sido.
jueves, 1 de mayo de 2014
Mi Torino SE, parte I
A pesar de que el tiempo es un ladrón que toma sin permiso nuestras razones y un espectro que nos impide posar la mirada en el ayer, voy a hacer memoria sobre mi pasado. Al volver la vista y meterme en la urdiembre del tiempo que ya no será, pocos momentos encuentro que sean más iniciáticos que aquellos que refieren a la época relacionada con mi “primer motor”, mi primer automóvil, mi primer Torino.
El recuerdo se preserva de modo
tan fuerte que todavía hoy puedo experimentar la sensación profundamente tribal
de tener mi “caballo de hierro”. Es un momento que no lo puedo reducir a las
partes simples que lo componen -tener un vehículo, manejarlo, lavarlo,
arreglarlo, conseguir dinero para mantenerlo, etc.- sino que creo que refiere a
un período en donde maduran largos procesos de individualización, que se
enmarcan dentro de un fuerte aroma a ingenuidad y que en su relación construyen
un todo.
Si bien no puedo precisar el
origen exacto de tales sensaciones, puedo suponer que se relacionaba con poder llevar
a la práctica todo aquello había aprehendido en mis juegos de infancia. Pasan
por mi mente toda una serie de recuerdos. Entre los juguetes de mi niñez puedo
destacar mis autitos de “colección” Matchbox y Jet, mi karting, sentarse tras
el volante del auto familiar para enfrascarme en una terrible carrera imaginaria
o mis juegos de cartas Tope Y Quartet (F1 y Autos Sport) y Match 4 (con su
gloriosa serie de “autos argentinos”, donde descollaba el Torino). Pero además
puedo agregar que en la TV siempre “me esperaban” Los Dukes de Hazzard, Los
Autos Locos y Meteoro, con sus
gloriosos General Lee, Súper Ferrari y Match V, junto a las carreras de F1 del
“Lole” y las películas de Cupido Motorizado. Asimismo debo mencionar mi devoción por correr en los kartings
eléctricos que alquilaban en la costa atlántica durante el verano.
Ya en la adolescencia recuerdo
esperar para poder comprar mes a mes la revista Parabrisas, y luego leerla una y otra vez. Así es que legué a
conocer las cilindradas, HPs, Cx y otra enorme cantidad de datos sobre los
autos de los ´80, que en su mayoría todavía se encuentran en mi memoria. También
se destaca la carpeta de mi segundo y tercer año de secundaria que llevaba
pegada una gran imagen de un Ford Sierra Cosworth participante del mundial de
rally. De igual importancia era mi atracción por las carreras de TC 2000, con
sus cupés Fuegos y Sierras o los VW 1500.
Y cómo olvidar aquel verano de
1984, en una zona por entonces desierta de San Bernardo, cuando tuve mi primera
experiencia al volante. Fue al mando de un enorme Rambler Classic modelo 1968.
Se trató de un auto que estuvo un instante en mi vida pero no cualquier
instante. Lo recuerdo extrañamente majestuoso, enorme muy enorme, con su
elegante tablero y su palanca “al volante”. Era sin duda todo un reto a vencer para
un niño de 10 años que apenas llegaba a los pedales y que conduciendolo se sintió
Bo Luke por algunos metros ¿cuántos? ¿50, 100 o 200? No los recuerdo pero todavía
me viene a mí la adrenalina que me traspasó todo el cuerpo cuando me puse al
mando de semejante auto. Imagino que ese aumento de ritmo cardiaco producido
por la adrenalina fue tan fuerte que terminó por eclipsar en mi mente todo el
resto de las circunstancias.
Pero hasta aquí me he referido a
cuestiones generales de mi relación con los autos. De modo particular había un
auto que me llamaba la atención: el Torino ¿las razones? Bueno puedo esgrimir
algunas posibles pistas que me ayuden a reconstruir tal preferencia. Tal vez la
más importante sea que en mi familia había un “Toro”, pero hay que
relativizar semejante razonamiento porque también hubo muchos otros autos
familiares que no tuvieron la misma influencia en mi corazón. Puede referirse a
las leyendas que llegaban a mis oídos sobre sus glorias deportivas en
Nurburgring o al logo de Toro rampante, lo cual creaba en mi una idea heroica
del único auto que se podía llamar “argentino”. Sin duda su poderoso motor
juega una parte importante en una explicación que busca evitar caer en la
tautología. Pero si me dan a elegir existe una razón fundamental: mi
personalidad Iconoclasta me impedía conectarme con un producto de Ford o
Chevrolet.
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