Cuando sea escrita mi hagiografía reclamando la condición de nuevo Agustín de Hipona, el siguiente relato debe obviarse en función de no poner en duda mi virtud de valentía y mi fuerza en la fe.
Ocurrió que fui invitado a pasar unos días en Bariloche. Le comenté a P. Ella, puro fuego y entusiasmo, rápidamente organizó la logística para que pudiera pasar unos días en regiones con climas civilizados. Sin embargo, mi condición de ser prudente, moderado y objetivo me llevó a analizar el plan trazado por P y rápidamente me negué. Mis argumentaciones se centraban en esa entelequia conocida como “libertad”. Así, primero argüí que tengo compromisos laborales en esas fechas. P refutó tal argumento demostrando que había días libres en mi agenda. Luego deliberé sobre que ningún padre responsable puede abandonar a sus hijos en pleno inicio de clases. Lastimando mi autoestima patriacal, Pau demostró que la vida escolar y social de los niños puede sobrevivir sin mi querida presencia. Finalmente, recurrí al sórdido materialismo: en el capitalismo se es más o menos “libre” (fundamentalmente) en relación a lo abultado de la cuenta bancaria. Pero, como si de una gran jugadora de ajedrez se tratara, P había anticipado mi inclinación a recurrir al tibio refugio materialista. Ella tenía planeado un vuelo en avión a un precio menor a cargar el tanque de nafta del auto. Esto me puso en un serio aprieto. Como hombre de fe creo que el mundo es de Dios, pero solo se lo alquila a los valientes. Y yo creo ser valiente, pero ¿no es exigirle mucho a la Gracia de Dios volar DOS veces en Flybondi? ¿Tiempo para mí de volar?
Sin embargo, en mi hagiografía, ni la invitación, ni mis argumentaciones blasfemas y mi falta de fe en la Gracia de Dios podrán haber sido.
Un lugar lleno de falsas nociones, de equivocadas perspectivas y de lastres que alteran las percepciones.
Eduardo González Peña
- Eduardo
- Argentina
- "El que cree haber entendido cualquier cosa sobre mí, se ha formado de mí una idea que responde a su imagen" Nietzsche.
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lunes, 30 de julio de 2018
miércoles, 6 de junio de 2018
El arcoíris
Antes del Orden, los Infinitos y el Caos estaban contenidos en una biblioteca. Ella establecía un arcoíris con universos que llevaban a nuevos universos inmunes a los axiomas y la unidad armónica de la lógica.
La biblioteca atraía a bravos exploradores. Cautivados por la irresistible tentación de abrir puertas a nuevos universos y absorbidos por la crisis de la consciencia que se siente impotente para percibir la inmensa realidad subyacente dentro de cada totalidad, se arrojaban a la exploración. Empujados por los siete vientos, armados con arcos y flechas, carros de guerra y terribles cotas de malla perseguían a la victoria, pero ¿cómo procesar percepciones y representaciones para “ajustarlas” de forma que puedan encajar dentro de un molde que le dé sentido al infinito?
Posiblemente su empresa de conquista fuera vana. Sin embargo, el mayor peligro es que estaban siendo asechados por Elohim. Éste se trataba de un infinito celoso de los otros infinitos y se había propuesto una estrategia que le permitiera crear la ilusión de que un infinito no puede convivir con otros infinitos. Para ello disponía de una táctica que consistía en introducir, a modo de regalo, una corona con forma de cuernos en las cabezas de estos valientes guerreros. Una vez posicionada en la testa del guerrero, la corona se transformaba en un sol que cejaba al guerrero sobre la riqueza del Infinito y del Caos. Luego de superar el resplandor, los guerreros quedaban deslumbrados por la sorpresiva aparición de la belleza desnuda de Eurinoma. Ella era la compañera de Elohim y su naturaleza infinita tenía una contradicción: la necesidad de ser la matriarca del Orden. Empujada por la causalidad de esa necesidad asesinaba a los guerreros que exploraban el Caos y el Infinito. Solamente uno de ellos advirtió el peligro y logró escapar al esconderse en el Lucero del Alba.
Eurinoma no contó a Elohim que uno de los guerreros había sobrevivido. La razón fue que no tuvo tiempo. Elohim, envidioso de la condición matriarcal de su compañera, quería ser “el que hace que sea lo que es” y no estaba dispuesto a conceder a Eurinoma la precedencia en la procreación del Orden. Entonces, dispuesto a convertirse en el Ser trascendental y a que le fuera atribuido el Orden, Elohim engañó a Euronima diciendo “somos inseparables ¡deja que nos amemos una vez más!”. Euronima estaba decepcionada por su fracaso frente al guerrero y se sintió subsanada por el amor que le prometía Elohim. Y cuando estaban amándose, Elohim le propuso un juego que consistía en que cada uno fuera atado por turnos a una piedra para que el otro disfrutara de su cuerpo. Ser atado era poner en paréntesis la condición infinita de Elohim y de Euronima. Con ello se encontraban vulnerables y a merced del amor. La matriarca aceptó confiada de quién creía su enamorado. Así, Elohim se ofreció como el primero en ser atado. Luego le tocó el turno Euronima, que escuchó a su traidor amante gritar “soy el que soy” mientras le generaba todo el dolor que produce ser despedazada viva.
Elohim, que no podía procear, juntó las partes del cuerpo de Euronima y fabricó nuestro universo. Pero aún no estaba conforme y entonces juntó la sangre de Euronima con arcilla y creó el primer Hombre y a él le dijo que era su Dios, su Absoluto y la condición de toda trascendencia. El Hombre ingenuamente aceptó la palabra de Elohim.
Pero más allá del Primo Mobile del universo creado por Elohim se escondía el guerrero sobreviviente. Él descendió y conoció toda la miseria del Hombre frente al Caos y el Infinito. Es por ello que se propuso aliviar tanta desdicha al establecerse como el arcoíris a la Ciencia del Bien y el Mal. El Hombre llamó a ése arcoíris "Lucifer", tal vez por provenir del Lucero del Alba o tal vez por poseer la corona resplandeciente con forma de cuernos regalada por Elohim, y todavía hoy es el único camino a las puertas de la olvidada biblioteca del Infinito y del Caos.
Sin embargo, la biblioteca, el arcoíris, los guerreros, Elohim, Eurinoma, el Caos y el Oden, el Hombre, Lucifer y el universo podrán haber no sido.
La biblioteca atraía a bravos exploradores. Cautivados por la irresistible tentación de abrir puertas a nuevos universos y absorbidos por la crisis de la consciencia que se siente impotente para percibir la inmensa realidad subyacente dentro de cada totalidad, se arrojaban a la exploración. Empujados por los siete vientos, armados con arcos y flechas, carros de guerra y terribles cotas de malla perseguían a la victoria, pero ¿cómo procesar percepciones y representaciones para “ajustarlas” de forma que puedan encajar dentro de un molde que le dé sentido al infinito?
Posiblemente su empresa de conquista fuera vana. Sin embargo, el mayor peligro es que estaban siendo asechados por Elohim. Éste se trataba de un infinito celoso de los otros infinitos y se había propuesto una estrategia que le permitiera crear la ilusión de que un infinito no puede convivir con otros infinitos. Para ello disponía de una táctica que consistía en introducir, a modo de regalo, una corona con forma de cuernos en las cabezas de estos valientes guerreros. Una vez posicionada en la testa del guerrero, la corona se transformaba en un sol que cejaba al guerrero sobre la riqueza del Infinito y del Caos. Luego de superar el resplandor, los guerreros quedaban deslumbrados por la sorpresiva aparición de la belleza desnuda de Eurinoma. Ella era la compañera de Elohim y su naturaleza infinita tenía una contradicción: la necesidad de ser la matriarca del Orden. Empujada por la causalidad de esa necesidad asesinaba a los guerreros que exploraban el Caos y el Infinito. Solamente uno de ellos advirtió el peligro y logró escapar al esconderse en el Lucero del Alba.
Eurinoma no contó a Elohim que uno de los guerreros había sobrevivido. La razón fue que no tuvo tiempo. Elohim, envidioso de la condición matriarcal de su compañera, quería ser “el que hace que sea lo que es” y no estaba dispuesto a conceder a Eurinoma la precedencia en la procreación del Orden. Entonces, dispuesto a convertirse en el Ser trascendental y a que le fuera atribuido el Orden, Elohim engañó a Euronima diciendo “somos inseparables ¡deja que nos amemos una vez más!”. Euronima estaba decepcionada por su fracaso frente al guerrero y se sintió subsanada por el amor que le prometía Elohim. Y cuando estaban amándose, Elohim le propuso un juego que consistía en que cada uno fuera atado por turnos a una piedra para que el otro disfrutara de su cuerpo. Ser atado era poner en paréntesis la condición infinita de Elohim y de Euronima. Con ello se encontraban vulnerables y a merced del amor. La matriarca aceptó confiada de quién creía su enamorado. Así, Elohim se ofreció como el primero en ser atado. Luego le tocó el turno Euronima, que escuchó a su traidor amante gritar “soy el que soy” mientras le generaba todo el dolor que produce ser despedazada viva.
Elohim, que no podía procear, juntó las partes del cuerpo de Euronima y fabricó nuestro universo. Pero aún no estaba conforme y entonces juntó la sangre de Euronima con arcilla y creó el primer Hombre y a él le dijo que era su Dios, su Absoluto y la condición de toda trascendencia. El Hombre ingenuamente aceptó la palabra de Elohim.
Pero más allá del Primo Mobile del universo creado por Elohim se escondía el guerrero sobreviviente. Él descendió y conoció toda la miseria del Hombre frente al Caos y el Infinito. Es por ello que se propuso aliviar tanta desdicha al establecerse como el arcoíris a la Ciencia del Bien y el Mal. El Hombre llamó a ése arcoíris "Lucifer", tal vez por provenir del Lucero del Alba o tal vez por poseer la corona resplandeciente con forma de cuernos regalada por Elohim, y todavía hoy es el único camino a las puertas de la olvidada biblioteca del Infinito y del Caos.
Sin embargo, la biblioteca, el arcoíris, los guerreros, Elohim, Eurinoma, el Caos y el Oden, el Hombre, Lucifer y el universo podrán haber no sido.
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martes, 6 de marzo de 2018
Antígona y la "vida útil".
“Sabía que debo morir algún día, ¿cómo no
saberlo?, aún sin tu voluntad, y si muero antes del tiempo eso será para mí un
bien, según pienso. Cualquiera que vive como yo en medio de innumerables
miserias, ¿no obtiene provecho con morir? Ciertamente, el destino que me espera
en nada me aflige.” (Antígona a Creonte)
En alguna parte de nuestra doxa está
escrito que la mercancías deben ser siempre renovadas. Damos como evidente que
los valores de uso se vuelven obsoletos y desconocemos
que el consumo es un hecho político, es decir, dominación y poder. Además,
renovar los valores de uso tiene una función diferenciadora y discriminatoria,
y con ello se simboliza la realidad y se fija significados, construye y
reproduce las jerarquías sociales y son tomadas como señales de ubicación del
agente en el espacio social.
En 1985 compré una caña, sus productores le deben haber proyectado unos 5 años de vida “útil”. Ellos ya proyectaban que la fibra de vidrio maciza quedaría obsoleta frente a la fibra de vidrio hueca. Ellos son, como Creonte, los que fijan la ley que rige la “vida y muerte” de todo valor de uso. Sin embargo, la caña que hasta hoy se llamó “Roja Súper Especial” se cansó de darme satisfacciones. Tal vez la más importante sea que ella le dio a Milito su primer pescado de rio y de mar. Su valor de uso superó todo lo que yo podía sospechar el día que la caña me entró por los ojos en aquel local de la calle Paraná. Ella sabe, como Antígona, que debe morir algún día. Pero eso no va ocurrir mientras de mí dependa. En estos días la reciclé y la rebauticé con el de nombre de “Antígona”. Va a colgar junto a “Garrote” en mi Fortaleza de la Soledad, pero Antígona va a volver pescar.
Sin embargo, la doxa de las mercancías, la ley que rige la vida útil de una caña de fibra maciza y Antígona misma pudieron haber no sido.
En 1985 compré una caña, sus productores le deben haber proyectado unos 5 años de vida “útil”. Ellos ya proyectaban que la fibra de vidrio maciza quedaría obsoleta frente a la fibra de vidrio hueca. Ellos son, como Creonte, los que fijan la ley que rige la “vida y muerte” de todo valor de uso. Sin embargo, la caña que hasta hoy se llamó “Roja Súper Especial” se cansó de darme satisfacciones. Tal vez la más importante sea que ella le dio a Milito su primer pescado de rio y de mar. Su valor de uso superó todo lo que yo podía sospechar el día que la caña me entró por los ojos en aquel local de la calle Paraná. Ella sabe, como Antígona, que debe morir algún día. Pero eso no va ocurrir mientras de mí dependa. En estos días la reciclé y la rebauticé con el de nombre de “Antígona”. Va a colgar junto a “Garrote” en mi Fortaleza de la Soledad, pero Antígona va a volver pescar.
Sin embargo, la doxa de las mercancías, la ley que rige la vida útil de una caña de fibra maciza y Antígona misma pudieron haber no sido.
Garrote y conocer-reconocer
Borges, en La Noche de los Dones, inicia su
relato con un debate sobre el problema del conocimiento. Narra que alguien
invocó la tesis platónica que supone que ya todo lo hemos visto en un orbe
anterior, de suerte que conocer es reconocer. ¿En qué se relaciona la tesis
platónica con lo que sigue? Bueno, hace 30 años y un mes compré una caña de mar
que todavía conservo. Esa caña era "de lanzar", ya que medía tres metros y medio
y podía soportar una plomada de 200 gramos. ¿Por qué comprar la caña más grande
que pude encontrar? Porque conocer es reconocer, y eso es una trampa de la
memoria y los sentidos.
Mi primera caña me la regalaron mis padres en 1977, cuando nació mi primer hermano. Era verde, de fibra y debía medir un metro cuarenta centímetros. Esa caña pasó su efímera vida guardada, hasta que mi madre decidió tirarla a la basura. Para aquella época ya iba a pescar. Mi primer recuerdo es con mi padre y mi tío Tito, en la Costanera Sur cuando todavía era bañada por el Rio de la Plata. Luego, verano de 1978, recuerdo el muelle de lo que era un pequeño rejunte de casas en lo que hoy se conoce como Mar del Tuyú (una zona que comenzaba a crecer merced a la pavimentación de la ruta provincial 11). Yo no “pescaba”, ni siquiera me dejaban entrar a la zona de cañas del muelle. Pero ¿cómo olvidar la noche en pleno mar y el imponente sonar de las olas golpeando obstinadamente los pilotes del muelle? También recuerdo ayudar a los que pescaban (algunos dicen “colaban” el agua) con “medio mundo” a recoger los peces y llevarlos al balde.
Cuando llegó el verano de 1981, mi tío Tito me prestó una caña adecuada para mi tamaño. Con ella pude pescar un pequeño cazón en el muelle de Mar de Ajó. Me sentía lo más. En aquella época “Tiburón” había dado una dimensión de “villano de película” a los escualos. Luego tuve que devolver esa caña prestada y me sentí como un jugador de fútbol sin una pelota…
Un día de 1982, yo me encontraba en la casa de mi abuela Amanda. Allí pasaba largas temporadas, pero era muy difícil aburrirme. La casa se encontraba en la calle Laprida a menos de dos cuadras de Santa Fe. En la noche permitía imaginar todo tipo monstruos y fantasmas, en el día estaba lleno de rincones para explorar. Allí comenzó mi relación con el árbol de la ciencia del bien y el mal, cuando descubrí la biblioteca de mi abuelo. Un día, buscando algo que no recuerdo, entré a la habitación de mis abuelos. Allí había un antiguo ropero que casi se tocaba, en uno de sus laterales, con una pared. En ese rincón pude distinguir algo. Con una gran adrenalina metí la mano y saqué un conjunto de cañas de pescar. La mayoría no se encontraban en condiciones de usar, por roturas y faltantes, pero entre ellas había una hermosa caña de dos metros ochenta centímetros. Lo primero que hice fue avisar a mi abuela, que no recordaba cómo habían llegado las cañas allí. A ello agregó que posiblemente eran de mi tío Tito y de mi padre. Cuando llegó mi padre le pregunté –ansioso– si la caña “era de él”, porque asumía que transitivamente se transformaba en mía. Pero mi padre destrozó mi entusiasmo con una fría frase: “no es mía”. “Entonces es de Tito”, le indiqué, y nuevamente me respondió con una negativa; pero agregó un dato fundamental: “seguro que es de tu otro tío”. El tío en cuestión se llamaba Miguel Ángel y no lo “conocía” porque vivía entre la península de San Pedro y LLao LLao, cerca de Bariloche. Era bastante años más joven que mi padre y mi tío Tito. Si no recuerdo mal era clase 57 y por eso se salvó de la colimba. Para mí era una especie de superhéroe que escala montañas, trabajaba en el centro atómico, había sido un gran alumno y otras muchas hazañas. Cuando mi abuela se enteró que la caña era de Miguel Ángel, me dijo que la volviera a guardar en ese oscuro rincón. No era de extrañar porque mi abuela nunca me había dejado entrar a un pequeño cuarto conocido como “de Miguel Ángel”. Lo que había allí era el mayor misterio de toda la casa. De todas formas no me desanimé e insistí con todos los que podían interceder frente a la negativa de mi abuela. Creo que fue mi abuelo el que convenció a Amanda de que no tenía sentido seguir guardando esas cañas. Finalmente, la caña de Miguel Ángel se convirtió en mi segunda caña. Con ella me cansé de pescar tanto en rio como en mar, tanto en la costa como en los muelles. A pesar de no tener pinta de ser fuerte y estar pasada de moda, aguantaba corvinas y, principalmente, me hacía muy feliz.
Llegado 1985, acompañe a mi madre a la calle Paraná no sé para qué. Creo que era verano, porque de otra forma yo tendría que estar en el doble turno del colegio. La calle Paraná era la Warnes de las casas de pesca y allí pude convencer a mi madre que me comprara una caña roja de fibra de vidrio de dos metros cuarenta centímetros. Esa caña pescó desde los lagos de Palermo hasta las escolleras de Mar del Plata. Incluso, en el invierno de 1987, la llevé a un campamento a Tafí del Valle para poder pescar truchas. La uso hasta hoy en día y mis hijos la conocen como la “de la suerte”, aunque su nombre es Roja Súper Especial (toda caña y auto tiene que tener nombre).
En la Semana Santa de 1987, llevé la caña “de Miguel Ángel” y la Roja Súper Especial a pescar a la Costanera Norte. Yo vivía a unas treinta cuadras del comienzo de la parte norte de la Costanera. Con mi hermano fuimos en bicicleta. En alguna parte del viaje –seguro que haciéndome el canchero– me caí y se golpeó la caña “de Miguel Ángel”. Cuando llegamos a la Costanera y empezamos a armar las cañas me di cuenta de que estaba rota. Pero me negué a reconocer que ya le había llegado la hora a la caña. No lo podía aceptar, era la caña que me acompañó casi toda la primaria y había pescado con ella la mitad de mi vida. Tuve que contener las lágrimas, porque el mandato era “los hombres no lloran”. En ese pequeño infierno personal, de pronto escuché tocar la bocina del Torino de mi padre. Manejaba mi madre y nos estaba buscando por toda la Costanera porque “los militares iban a dar un golpe”. Mientras todo el país estaba movilizado por el levantamiento cara pintada, a mí lo único que me importaba era cómo reparar mi caña preferida. El lunes posterior a “felices pascuas, la casa está en orden”, llevé la caña a una casa de pesca para repararla. Pero me dijeron que no tenía arreglo. De todas formas no me di por vencido y la reparé yo. Al fin de semana siguiente la llevé nuevamente a la Costanera y se terminó de partir en un lanzamiento. Finalmente me tuve que resignar y comencé a planear su reemplazo.
La única caña que me quedaba era la Roja Súper Especial y una caña de mi padre que se había podrido al nivel de sus encastres y que ya no servía para nada. Un compañero del Instituto Superior Porteño me prestó una caña de fibra de vidrio para mar “que se había encontrado en Pinamar” (se la choreo a alguno) y no le interesaba usar. Pero luego nos peleamos y se la tuve que devolver. Mientras recorría los negocios de pesca de Núñez y Belgrano, para saber precios. Eso fue en Mayo. Entonces tomé la decisión de ir caminado las quince cuadras que separaban mi casa del Porteño y no gastar en nada. Incluso ahorré la mayoría del dinero que me habían dado mis padres para ir al campamento de Tafí del Valle. Con ese dinero acumulado ya podía comprar una nueva caña. Pero el dinero quedó en uno de mis pantalones y mi madre lo llevó a lavar a una lavandería y así perdí buena parte de lo ahorrado. Los dioses de la pesca se rían de mí. Encima los dioses de la economía hacían lo mismo: la inflación no paraba y las cañas no dejaban de aumentar su precio. Pasaron los meses y llegó el verano, y lo que yo ahorraba siempre era nominalmente más y realmente menos. Entonces pedí a todo el que escuchaba que me dieran plata para la Navidad de 1987. Así pude comprar una caña de mar. Era del tipo conocido como “garrote” y era de caña natural. Tenía una excelente terminación y también compré un reel Escualo. Para ese entonces ya contaba con catorce años. En la decisión se condensó todo mi conocer que no era otra cosa que mi reconocer. ¿Por qué no comprar una caña de fibra de vidrio? Porque una caña natural me había hecho muy feliz. ¿Por qué comprar una caña tan grande y pesada? Porque pensaba que si una caña mediana funcionaba tan bien, una caña grande tenía que ser mejor. Además, yo me sentía retado físicamente: tenía que demostrar al mundo que podía usar esa caña enorme y extremadamente pesada. Posiblemente me angustiaba no haber pegado el estirón cuando casi todos mis compañeros ya lo habían hecho. Sentía que me estaba quedando petiso. Tal vez ese complejo inició la cadena causal de complicaciones que tuvo esa caña. La primera fue que con ella tuve el primer hecho de "inseguridad" de mi vida. El día que la pensaba estrenar en la Costanera, tres pibes más grandes que yo me quisieron robar entre Ciudad Universitaria y Parque Norte. Ese día la caña ganó su nombre: Garrote. ¿Por qué? Porque la usé para literalmente romperle la cabeza a uno de los ladrones, cosa que no pude lograr pero que me permitió escapar. Asustado, ya no quise volver a la Costanera. Llegó Enero y fuimos con mi familia a San Bernardo. Una noche, con mi padre, concurrimos al muelle de Mar de Ajó. Para esa época, verano de 1988, el Partido de la Costa ya estallaba de gente. La zona de cañas estaba repleta de pescadores y casi no había espacio para lanzar. Lo que se solía hacer en esos casos era que los que estaban con las líneas tendidas se corrieran y bajaran un poco las cañas. El pescador que iba a la lanzar gritaba “va plomo” y esperaba que se corrieran los que estaban cerca de la baranda. En un momento yo era el que tenía que hacer el lanzamiento. Grité bien fuerte el “va plomo”. Todos se corrieron menos un viejo (debía tener la misma que yo ahora) pelado. Entonces volví a gritar “va plomo”. El pelado se dio vuelta, me miró y no se movió ni un centímetro. Enojado volví a gritar “va plomo” y lancé por encima del pelado. Pero el diablo metió la cola… el carretel del reel Escualo tenía una gatella en la tanza y se trabó. La plomada de 200 gramos me empujó la caña hacia abajo y le pegué en el medio de la pelada al viejo. Todavía me pregunto cuánto de accidente tuvo el cañazo, cuánto de “destino manifiesto” tenía una caña llamada Garrote y cuánta gana de darle una lección al viejo canchero. Recuerdo que uno gritó “sonó hueco” y todos los pescadores estallaron de risa. Después de eso el pelado se tuvo que ir a su casa y todos se corrían cuando yo lanzaba.
El reel Escualo es un capítulo aparte. Era una marca amada por los pescadores argentinos y el equivalente del Ford Falcon: nunca se rompía (?). Bueno, en realidad eso de que no se rompía era un mito, por lo menos en el modelo 6007. En mi caso se rompió tres veces una pieza (conocida como “uña”) que unía un sinfín con el vástago que movía el carretel. Cada arreglo era una fortuna de dinero y lo peor era –como "no se rompía"– que me decían que se rompían por mi culpa. Aunque era verdad (desconocía que, en caso de enganche, no hay que “tirar del reel”), era justamente lo que menos quería escuchar y le tomé bronca al Escualo. Hasta el presente post sostenía que tuve y tengo un montón de reels y que solo se rompió el Escualo 6007.
Mi primera caña me la regalaron mis padres en 1977, cuando nació mi primer hermano. Era verde, de fibra y debía medir un metro cuarenta centímetros. Esa caña pasó su efímera vida guardada, hasta que mi madre decidió tirarla a la basura. Para aquella época ya iba a pescar. Mi primer recuerdo es con mi padre y mi tío Tito, en la Costanera Sur cuando todavía era bañada por el Rio de la Plata. Luego, verano de 1978, recuerdo el muelle de lo que era un pequeño rejunte de casas en lo que hoy se conoce como Mar del Tuyú (una zona que comenzaba a crecer merced a la pavimentación de la ruta provincial 11). Yo no “pescaba”, ni siquiera me dejaban entrar a la zona de cañas del muelle. Pero ¿cómo olvidar la noche en pleno mar y el imponente sonar de las olas golpeando obstinadamente los pilotes del muelle? También recuerdo ayudar a los que pescaban (algunos dicen “colaban” el agua) con “medio mundo” a recoger los peces y llevarlos al balde.
Cuando llegó el verano de 1981, mi tío Tito me prestó una caña adecuada para mi tamaño. Con ella pude pescar un pequeño cazón en el muelle de Mar de Ajó. Me sentía lo más. En aquella época “Tiburón” había dado una dimensión de “villano de película” a los escualos. Luego tuve que devolver esa caña prestada y me sentí como un jugador de fútbol sin una pelota…
Un día de 1982, yo me encontraba en la casa de mi abuela Amanda. Allí pasaba largas temporadas, pero era muy difícil aburrirme. La casa se encontraba en la calle Laprida a menos de dos cuadras de Santa Fe. En la noche permitía imaginar todo tipo monstruos y fantasmas, en el día estaba lleno de rincones para explorar. Allí comenzó mi relación con el árbol de la ciencia del bien y el mal, cuando descubrí la biblioteca de mi abuelo. Un día, buscando algo que no recuerdo, entré a la habitación de mis abuelos. Allí había un antiguo ropero que casi se tocaba, en uno de sus laterales, con una pared. En ese rincón pude distinguir algo. Con una gran adrenalina metí la mano y saqué un conjunto de cañas de pescar. La mayoría no se encontraban en condiciones de usar, por roturas y faltantes, pero entre ellas había una hermosa caña de dos metros ochenta centímetros. Lo primero que hice fue avisar a mi abuela, que no recordaba cómo habían llegado las cañas allí. A ello agregó que posiblemente eran de mi tío Tito y de mi padre. Cuando llegó mi padre le pregunté –ansioso– si la caña “era de él”, porque asumía que transitivamente se transformaba en mía. Pero mi padre destrozó mi entusiasmo con una fría frase: “no es mía”. “Entonces es de Tito”, le indiqué, y nuevamente me respondió con una negativa; pero agregó un dato fundamental: “seguro que es de tu otro tío”. El tío en cuestión se llamaba Miguel Ángel y no lo “conocía” porque vivía entre la península de San Pedro y LLao LLao, cerca de Bariloche. Era bastante años más joven que mi padre y mi tío Tito. Si no recuerdo mal era clase 57 y por eso se salvó de la colimba. Para mí era una especie de superhéroe que escala montañas, trabajaba en el centro atómico, había sido un gran alumno y otras muchas hazañas. Cuando mi abuela se enteró que la caña era de Miguel Ángel, me dijo que la volviera a guardar en ese oscuro rincón. No era de extrañar porque mi abuela nunca me había dejado entrar a un pequeño cuarto conocido como “de Miguel Ángel”. Lo que había allí era el mayor misterio de toda la casa. De todas formas no me desanimé e insistí con todos los que podían interceder frente a la negativa de mi abuela. Creo que fue mi abuelo el que convenció a Amanda de que no tenía sentido seguir guardando esas cañas. Finalmente, la caña de Miguel Ángel se convirtió en mi segunda caña. Con ella me cansé de pescar tanto en rio como en mar, tanto en la costa como en los muelles. A pesar de no tener pinta de ser fuerte y estar pasada de moda, aguantaba corvinas y, principalmente, me hacía muy feliz.
Llegado 1985, acompañe a mi madre a la calle Paraná no sé para qué. Creo que era verano, porque de otra forma yo tendría que estar en el doble turno del colegio. La calle Paraná era la Warnes de las casas de pesca y allí pude convencer a mi madre que me comprara una caña roja de fibra de vidrio de dos metros cuarenta centímetros. Esa caña pescó desde los lagos de Palermo hasta las escolleras de Mar del Plata. Incluso, en el invierno de 1987, la llevé a un campamento a Tafí del Valle para poder pescar truchas. La uso hasta hoy en día y mis hijos la conocen como la “de la suerte”, aunque su nombre es Roja Súper Especial (toda caña y auto tiene que tener nombre).
En la Semana Santa de 1987, llevé la caña “de Miguel Ángel” y la Roja Súper Especial a pescar a la Costanera Norte. Yo vivía a unas treinta cuadras del comienzo de la parte norte de la Costanera. Con mi hermano fuimos en bicicleta. En alguna parte del viaje –seguro que haciéndome el canchero– me caí y se golpeó la caña “de Miguel Ángel”. Cuando llegamos a la Costanera y empezamos a armar las cañas me di cuenta de que estaba rota. Pero me negué a reconocer que ya le había llegado la hora a la caña. No lo podía aceptar, era la caña que me acompañó casi toda la primaria y había pescado con ella la mitad de mi vida. Tuve que contener las lágrimas, porque el mandato era “los hombres no lloran”. En ese pequeño infierno personal, de pronto escuché tocar la bocina del Torino de mi padre. Manejaba mi madre y nos estaba buscando por toda la Costanera porque “los militares iban a dar un golpe”. Mientras todo el país estaba movilizado por el levantamiento cara pintada, a mí lo único que me importaba era cómo reparar mi caña preferida. El lunes posterior a “felices pascuas, la casa está en orden”, llevé la caña a una casa de pesca para repararla. Pero me dijeron que no tenía arreglo. De todas formas no me di por vencido y la reparé yo. Al fin de semana siguiente la llevé nuevamente a la Costanera y se terminó de partir en un lanzamiento. Finalmente me tuve que resignar y comencé a planear su reemplazo.
La única caña que me quedaba era la Roja Súper Especial y una caña de mi padre que se había podrido al nivel de sus encastres y que ya no servía para nada. Un compañero del Instituto Superior Porteño me prestó una caña de fibra de vidrio para mar “que se había encontrado en Pinamar” (se la choreo a alguno) y no le interesaba usar. Pero luego nos peleamos y se la tuve que devolver. Mientras recorría los negocios de pesca de Núñez y Belgrano, para saber precios. Eso fue en Mayo. Entonces tomé la decisión de ir caminado las quince cuadras que separaban mi casa del Porteño y no gastar en nada. Incluso ahorré la mayoría del dinero que me habían dado mis padres para ir al campamento de Tafí del Valle. Con ese dinero acumulado ya podía comprar una nueva caña. Pero el dinero quedó en uno de mis pantalones y mi madre lo llevó a lavar a una lavandería y así perdí buena parte de lo ahorrado. Los dioses de la pesca se rían de mí. Encima los dioses de la economía hacían lo mismo: la inflación no paraba y las cañas no dejaban de aumentar su precio. Pasaron los meses y llegó el verano, y lo que yo ahorraba siempre era nominalmente más y realmente menos. Entonces pedí a todo el que escuchaba que me dieran plata para la Navidad de 1987. Así pude comprar una caña de mar. Era del tipo conocido como “garrote” y era de caña natural. Tenía una excelente terminación y también compré un reel Escualo. Para ese entonces ya contaba con catorce años. En la decisión se condensó todo mi conocer que no era otra cosa que mi reconocer. ¿Por qué no comprar una caña de fibra de vidrio? Porque una caña natural me había hecho muy feliz. ¿Por qué comprar una caña tan grande y pesada? Porque pensaba que si una caña mediana funcionaba tan bien, una caña grande tenía que ser mejor. Además, yo me sentía retado físicamente: tenía que demostrar al mundo que podía usar esa caña enorme y extremadamente pesada. Posiblemente me angustiaba no haber pegado el estirón cuando casi todos mis compañeros ya lo habían hecho. Sentía que me estaba quedando petiso. Tal vez ese complejo inició la cadena causal de complicaciones que tuvo esa caña. La primera fue que con ella tuve el primer hecho de "inseguridad" de mi vida. El día que la pensaba estrenar en la Costanera, tres pibes más grandes que yo me quisieron robar entre Ciudad Universitaria y Parque Norte. Ese día la caña ganó su nombre: Garrote. ¿Por qué? Porque la usé para literalmente romperle la cabeza a uno de los ladrones, cosa que no pude lograr pero que me permitió escapar. Asustado, ya no quise volver a la Costanera. Llegó Enero y fuimos con mi familia a San Bernardo. Una noche, con mi padre, concurrimos al muelle de Mar de Ajó. Para esa época, verano de 1988, el Partido de la Costa ya estallaba de gente. La zona de cañas estaba repleta de pescadores y casi no había espacio para lanzar. Lo que se solía hacer en esos casos era que los que estaban con las líneas tendidas se corrieran y bajaran un poco las cañas. El pescador que iba a la lanzar gritaba “va plomo” y esperaba que se corrieran los que estaban cerca de la baranda. En un momento yo era el que tenía que hacer el lanzamiento. Grité bien fuerte el “va plomo”. Todos se corrieron menos un viejo (debía tener la misma que yo ahora) pelado. Entonces volví a gritar “va plomo”. El pelado se dio vuelta, me miró y no se movió ni un centímetro. Enojado volví a gritar “va plomo” y lancé por encima del pelado. Pero el diablo metió la cola… el carretel del reel Escualo tenía una gatella en la tanza y se trabó. La plomada de 200 gramos me empujó la caña hacia abajo y le pegué en el medio de la pelada al viejo. Todavía me pregunto cuánto de accidente tuvo el cañazo, cuánto de “destino manifiesto” tenía una caña llamada Garrote y cuánta gana de darle una lección al viejo canchero. Recuerdo que uno gritó “sonó hueco” y todos los pescadores estallaron de risa. Después de eso el pelado se tuvo que ir a su casa y todos se corrían cuando yo lanzaba.
El reel Escualo es un capítulo aparte. Era una marca amada por los pescadores argentinos y el equivalente del Ford Falcon: nunca se rompía (?). Bueno, en realidad eso de que no se rompía era un mito, por lo menos en el modelo 6007. En mi caso se rompió tres veces una pieza (conocida como “uña”) que unía un sinfín con el vástago que movía el carretel. Cada arreglo era una fortuna de dinero y lo peor era –como "no se rompía"– que me decían que se rompían por mi culpa. Aunque era verdad (desconocía que, en caso de enganche, no hay que “tirar del reel”), era justamente lo que menos quería escuchar y le tomé bronca al Escualo. Hasta el presente post sostenía que tuve y tengo un montón de reels y que solo se rompió el Escualo 6007.
Para el verano de 1989 yo ya no tenía
problemas para dominar a Garrote finalmente había pegado el estirón y la usé
seguido hasta el año 2001 que compré una caña de grafito de tres metros sesenta
centímetros, a la cual llamo Leviatán. Esporádicamente volví a utilizar a
Garrote y hoy tomé la decisión de sacarla del servicio activo. Garrote ya no va
a pescar, los años ya la afectaron y usarla solo va a llevar a que se rompa. Desde
mañana va a colgar en mi Fortaleza de la Soledad.
Para terminar, vuelvo a Borges. Él ponía en la boca de Bacon la frase "aprender es recordar". Por eso es que recuerdo a Garrote y las trampas del conocer-reconocer.
Sin embargo, la tesis platónica, mi primera caña, el enorme pequeño cazón, la caña "de Miguel Ángel", la Roja Súper Especial, mi querido Garrote, el pelado del muelle de Mar de Ajó, el reel Escualo 6007 y el "aprender es recordar" pudieron haber no sido.
Para terminar, vuelvo a Borges. Él ponía en la boca de Bacon la frase "aprender es recordar". Por eso es que recuerdo a Garrote y las trampas del conocer-reconocer.
Sin embargo, la tesis platónica, mi primera caña, el enorme pequeño cazón, la caña "de Miguel Ángel", la Roja Súper Especial, mi querido Garrote, el pelado del muelle de Mar de Ajó, el reel Escualo 6007 y el "aprender es recordar" pudieron haber no sido.
miércoles, 22 de noviembre de 2017
Miedo a la oscuridad
Un niño pide al padre, noche tras noche, que deje una luz encendida. El padre primero reflexiona bajo la forma del simplismo utilitarista. Así piensa en la cuenta de luz, luego en que prefiere pagar la luz a que le rompa las bolas… un pensamiento propio de alguien que olvidó que cuando uno es niño las constancias de las formas, las constancias de los tamaños y las causalidades perceptivas quedaban envueltas en la oscuridad. Y luego extraña la noche de niño. Extraña ese mundo mágico-fenoménico, que se independizaba de lo espacial del mundo adulto y trastocaba la causalidad perceptiva, creando un campo cualitativamente diferente para las actividades perceptivas y las estructuras operatorias que lo hacían sentir vivo.
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viernes, 3 de junio de 2016
Poco satisfactorio
La coupé Sierra y la coupé Fuego me disparan recuerdos de los ´80.. yo tenía en la
secundaria una profesora de biología que un día llegaba al colegio en una coupé
Fuego y otro en una coupé Sierra, nunca los mismos autos, nunca los
mismos caballeros al volante, siempre a la aurora del día. Bien por ella. Lástima que me mandó a
diciembre de forma sistemática los tres años que fue mi profesora solo
porque me negué a decir que me estaba copiando en un examen (en realidad
le estaba pasando una pregunta a otro compañero). Siempre sospeché que sus compañías nocturnas, eran similares a mis grandes exámenes de
biología: ambas cosas le resultaban "Poco Satisfactorio".
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sábado, 28 de mayo de 2016
El buen salvaje del futuro
Desde una dimensión desconocida, donde la amistad es un valor absoluto, llegó a mí el siguiente relato sobre una conversación entre dos amigos. Ambos cuentan con cuatro años de edad y viajaban en el asiento trasero de un auto:
-Mirá lo que tengo puesto!!! –dijo E mientras se levantaba el buzo.
-La remera de River!!! Vamos River!!! –contestó N con una gran sonrisa.
-Pero vos sos de Boca??? –respondió E sorprendido.
-Es que me pongo contento por vos, que sos de River y mi amigo –sentenció N.
Desde que me contaron esa conversación no puedo dejar de pensar que el error de Rousseau respecto al buen salvaje. No obedece a su metafísica o a su concepción ahistórica de la naturaleza humana. En realidad se equivocó en el tiempo: no es en el pasado donde se encuentra el buen salvaje, es en un futuro (probable).
Sin embargo, esa dimensión desconocida, sus nociones de amistad y la charla en el asiento trasero del auto, pudieron haber no sido.
-Mirá lo que tengo puesto!!! –dijo E mientras se levantaba el buzo.
-La remera de River!!! Vamos River!!! –contestó N con una gran sonrisa.
-Pero vos sos de Boca??? –respondió E sorprendido.
-Es que me pongo contento por vos, que sos de River y mi amigo –sentenció N.
Desde que me contaron esa conversación no puedo dejar de pensar que el error de Rousseau respecto al buen salvaje. No obedece a su metafísica o a su concepción ahistórica de la naturaleza humana. En realidad se equivocó en el tiempo: no es en el pasado donde se encuentra el buen salvaje, es en un futuro (probable).
Sin embargo, esa dimensión desconocida, sus nociones de amistad y la charla en el asiento trasero del auto, pudieron haber no sido.
lunes, 29 de junio de 2015
Sobre monstruos y dialéctica.
En una dimensión desconocida, en donde los monstruos son reales, ocurrió que un padre leyó un cuento antes de
dormir a su hija de 6 años y su hijo de 3 años. Al rato el hijo aparece
en la habitación de los padres. Entonces el padre indignado preguntó:
"Dejaste a tu hermana sola???"
Y con ganas de hacer sentir mal a su hijo agregó: "Quién la va a defender si viene un monstruo???"
Y el hijo respondió: "Vos!!!"
Cuentan que el padre no supo si ponerse contento porque todavía lo creían capaz de luchar con monstruos o sentirse mal por haber sido derrotado en la dialéctica por un mocoso de 3 años.
Sin embargo, esa dimensión desconocida, sus monstruos, padres y hijos, pudieron haber no sido.
Y con ganas de hacer sentir mal a su hijo agregó: "Quién la va a defender si viene un monstruo???"
Y el hijo respondió: "Vos!!!"
Cuentan que el padre no supo si ponerse contento porque todavía lo creían capaz de luchar con monstruos o sentirse mal por haber sido derrotado en la dialéctica por un mocoso de 3 años.
Sin embargo, esa dimensión desconocida, sus monstruos, padres y hijos, pudieron haber no sido.
miércoles, 25 de febrero de 2015
Un ir sin un venir
Una torsión del espacio-tiempo hacia extrañas entrañas
ocurrió el día un niño aterrorizado atravesó un gran portón.
Un gran patio de
un frio edificio lo esperaba, mientras las palpitaciones se agitan. Controla el
lustrado de sus zapatos y la prolijidad del estrenado uniforme. Observa a niños
que a su lado parecen gigantes de un helado mundo y busca mostrarse seguro para
no defraudar a los mayores que lo acompañan. Sólo el encuentro con algunos
rostros familiares le da cierta sensación de alivio.
Sin saberlo se ha introducido en las entrañas de un bestial
Leviatán. Las enormes fauces en forma de patio congelan la sangre y sus
vientres llenos de malignos pupitres de madera lo esperan. Una corriente eléctrica
embarga todo el cuerpo del pequeño niño, pero él sabe que no puede ser débil, que
no debe desbordarse o vacilar frente a la composición de infernales tormentos a
la que ha sido condenado. Expresa un temple que no quiere ser trepanado pero
que no puede decir que “no”.
El niño se sigue introduciendo en ese Leviatán de ladrillos
y cemento, deja atrás a los adultos y se prepara para escalar en el monstruo. Lo
hace desfilando militarmente a las fosas dónde van a ser devorada su infancia.
El sistema digestivo de la bestia tenía siete etapas y, de
sobrevivir a cada una de ellas, luego había que sortear otras cinco. Una maldita
eternidad de forzado sufrimiento. Un ir sin un venir. Una continúa regurgitación
de la materia forzada a ser trasformada.
Pronto sospecha ser el epicentro de una metamorfosis y objeto
de un racionalizado secado.
Sentado en el duro pupitre los pensamientos del niño vagan sin
rumbo y se desconectaba del forzado mimetismo al que es sometido. Se confunde
frente a un tiempo que se presenta girones, dónde la repetición uniforme de los
gestos es la regla y el amaestramiento realizado dilapidaba posibilidades del
ser. Esas rutinas inmutables y viscosas, son teñidas por los gruñidos guturales
de unos fantasmas envueltos en sus blancos delantales, tan diferentes a los
grises delantales que envolvían los impulsos de los jóvenes cuerpos.
Nada volverá a ser lo mismo para los que fueron introducidos
en las entrañas del Leviatán y poco quedará de lo sustancial de aquel pequeño que
mientras pudo tiró inútilmente de las cadenas que lo aprisionaban.
Sin embargo, los
fantasmas blancos, el Leviatán y el niño que fue sin venir pudieron haber no sido.
viernes, 25 de julio de 2014
El homoioi
Una noche oscura, en
los costados de una pira, el destino me llevó a presenciar una extraña
disertación. Su protagonista era un hombre que parecía haber salido de otro
tiempo y de corresponder a otro lugar.
Sin mediar saludo,
sin perder tiempo en presentaciones, el misterioso adlátere comenzó a soltar
palabras. Paulatinamente sus expresiones se fueron abriendo paso en mis oídos,
tomando vitalidad y volviéndose descifrables; así esas palabras dieron paso a
oraciones y las oraciones dieron forma a una historia que me dispongo a contar:
“Alguna vez estuve en el monte Citerón. Yacía
recostado junto a una pira similar a la que nos alumbra. La noche me había
encontrado vencido por el cansancio producido en esfuerzos que no recuerdo. Me encontraba envuelto en la oscuridad infinita que solo se genera ante la ausencia del astro rey. Solamente veía las sombras de las sombras. El
tiempo comenzó a dilatarse infinitamente, cada una de sus unidades se alargaba
insoportablemente y se transformaban en catalizador de una creciente angustia. En esas condiciones el espacio que me rodeaba era imposible de
apreciar; los anchos, los largos y profundidades estaban totalmente
desvirtuados. Los sentidos, colapsados en semejante oscuridad, me hacían doler su
impotencia facultativa -su incapacidad de dar forma a esas sombras- afectando
mi razón.”
“Sin saberlo, paulatinamente, fui rodeado por las figuras que gobiernan la noche. No puedo
especificar cuánto tiempo me llevó notar que entre la oscuridad se proyectaba de
forma amenazante la silueta de una esfinge. Fuertemente turbado por su presencia
luciferina, demandé que dejaran las sombras mientras desenvainaba la espada. Poco
a poco pude percibir sus facciones. Poseía un rosto oscuro, dentro del cual se
destacaba un par de ojos centellantes y una feroz mandíbula que destilada una
sustancia ácida. Un terrible canto se desprendía de su garganta, impidiéndome
pensar o hacer escuchar mi voz."
"Me encontraba encandilado por su cuerpo felino que expresaba todo el poder del inframundo y que con su sola presencia alcanzaba para estrangular la sustancia de la vida. Mis instintos pugnaban para que me pusiera en guardia, pero mis músculos no respondían, simplemente se encontraban congelados por su sobrecogedora aparición. "
"Había algo en la naturaleza óntica de la esfinge que me fascinaba. Tal vez era que no podía reducirla a lo real, que se me presentaba como capaz de desmaterializar todo significante. Hubiera querido que su presencia fuera un capricho ladino de mi imaginación, pero se trataba de un ser real y siniestro. En una instante de meridiana claridad me percaté que mi fascinación era producto de enfrentar la complexión misma de mi propia alteridad.”
"Me encontraba encandilado por su cuerpo felino que expresaba todo el poder del inframundo y que con su sola presencia alcanzaba para estrangular la sustancia de la vida. Mis instintos pugnaban para que me pusiera en guardia, pero mis músculos no respondían, simplemente se encontraban congelados por su sobrecogedora aparición. "
"Había algo en la naturaleza óntica de la esfinge que me fascinaba. Tal vez era que no podía reducirla a lo real, que se me presentaba como capaz de desmaterializar todo significante. Hubiera querido que su presencia fuera un capricho ladino de mi imaginación, pero se trataba de un ser real y siniestro. En una instante de meridiana claridad me percaté que mi fascinación era producto de enfrentar la complexión misma de mi propia alteridad.”
“Durante la vigilia
de mi vida había sido un homoioi. Era
el mejor exponente de la agogé espartana, el hijo dilecto de Licurgo. Como expresión
perfecta de la razón del deber no poseía rastros de personalidad individual,
era pura disciplina y excelencia al servicio del bien común. La esfinge era mi contraparte: pura individualidad, inmaculada bestialidad y la inocencia del instinto misma."
“Ambos sabíamos que uno de los dos iba a morir esa noche. No podíamos ocupar el mismo espacio y tiempo. Levanté mi espada, pero no pude hacer ningún movimiento cuando la esfinge se
arrojó sobre mi garganta, mordiendo donde la armadura no me cubría. Rápidamente comencé a ahogarme en mi propia sangre. El dolor de mi muerte era
imposible de soportar, volviéndose un suplicio propio del inframundo."
"Sin embargo la esfinge, como todas las criaturas de averno, era parte de esa fuerza que pretende siempre lo malo y siempre hace lo bueno. Ella no sabía que al engullirme completaba mi naturaleza."
En ese instante algo interrumpió el relato del misterioso adlátere. Tal vez fuera que comencé a sentir el enorme dolor depurativo que solo conocen los que atraviesan el último instante de la vida. Lo último que pude escuchar fue "...como yo te estoy devorando en estos momentos.”
"Sin embargo la esfinge, como todas las criaturas de averno, era parte de esa fuerza que pretende siempre lo malo y siempre hace lo bueno. Ella no sabía que al engullirme completaba mi naturaleza."
En ese instante algo interrumpió el relato del misterioso adlátere. Tal vez fuera que comencé a sentir el enorme dolor depurativo que solo conocen los que atraviesan el último instante de la vida. Lo último que pude escuchar fue "...como yo te estoy devorando en estos momentos.”
Aquella noche completé mi propia naturaleza mientras era devorado como si fuera un hijo de Saturno.
Hoy espero en la pira cumplir
el destino de aquel que debe complementar su naturaleza, como antes me había esperado el homoioi.
Sin embargo aquella
pira, el extraño, la esfinge y yo mismo pudieron haber no sido.
sábado, 24 de mayo de 2014
La pequeña gran rebelión de Pablo.
Paradójicamente algunas dudas
construyen certezas que determinan fatales destinos. Esto es lo que le ocurrió
a Pablo y vamos a contar su mito.
Pablo poseía una duda fundante en
su forma de razonar. Tal sospecha se puede resumir de la siguiente manera:
aquellos que viven haciendo comprensiones llenas de mala fe sobre la vida de
los demás, que inyectan un amargo rencor en su exploración sobre la vida ajena,
que construyen desviados razonamientos bajo la falsa excusa de “decir las cosas
claras” ¿Pueden exigir no ser (mal)tratados con esa misma forma maliciosa de
buscar defectos en el otro?
Semejante duda se fue
estableciendo en la consciencia de Pablo a medida que fue perdiendo su
inocencia y que fue evolucionando en su percepción del mundo. En semejante trayecto, paulatinamente, Pablo
fue dejando de rendir su percepción a los dogmatismos falaces de aquellos que
dan cátedra sobre la vida de los demás, que departen sobre la formación humana del resto de
los individuos y respecto a su ideología.
De forma gradual Pablo comenzó a percibirse
dentro de una especie de fiesta de disfraces, cuyas máscaras eran las pretendidas
virtudes de unos seres que eran como sombras. Se trataba de una representación que se erigía
detrás de embozos, buscando ocultar la mala entraña de esas sombras blandas que
quieren sin querer. Las caretas de fingida virtud ocultaba tanto la ignorancia de esos
seres sombras como la ligereza en el decir y en el hacer que tenían internalizada,
además de un cierto complejo de inferioridad. Pablo no podía establecer empatía alguna con
aquellas sombras que se entregaban vilmente a los descaminos de semejante ácida
desvergüenza.
Pablo estaba convencido de que todos tenemos defectos y que algunos -muy pocos por cierto- lograban a lo largo de la vida poseer un puñado de virtudes; de hecho, sospechaba de aquél que presumiera de falta de defectos y presentara una fachada impecable. Sin embargo, en Pablo el problema que despertaba su duda no tenía que ver con la condición incompleta de cualquiera de nosotros.
La duda de Pablo lo hacía verse
como un actor involuntario de una dramaturgia previamente montada. Se advertía
a sí mismo como un actor maquinal de una tragedia. Así la duda le fue creciendo hasta en
convertirlo en Satanás. Se fue transformando en el ángel que con su conducta denunciaba a los
débiles seres sombras y que había logrado poseer la fuerza para no dejarse arrastrar por la
fuerza del conjunto. Sus alas le permitieron no estancarse en las aguas del
pantano mundano de los seres sombra y en su vuelo Pablo comprendió que era mejor
la soledad que ser parte de un cosmos insustancial.
La transformación de Pablo en
Satanás le otorgó una certeza en la demasía del vacío: era necesario exigir su
voluntad para lograr adquirir una conducta que le permitiera dejar atrás la
inconstante condición de los seres sombras.
Semejante certeza lo hacía
reusarse a establecer amistades con los que aceptaban ser cómplices de sus
propias miserias y le impedía utilizar como argamasa para solidificar amistades
a la triste falta de virtud del desaprensivo. Lo empujaba a no dejarse convertirse en
un fingido descifrador de jeroglíficos que le eran imposibles
comprender. No quería dedicarse a buscar donde no hay. Se negaba a hacer de los
otros un cuadro de mórbidas formas derivadas de embusteros razonamientos.
Esas negativas eran las certezas
que motorizan su pequeña gran rebelión frente a la divinidad del común actuar.
Eventualmente la pequeña gran
rebelión de Pablo estaba destinada a fracasar. No porque fuera a ser quebrado
en sus convicciones, sino por el hecho de que la coerción omnipotente de los
muchos fijaba de antemano la inevitable derrota del que se encuentra solo. A pesar de tener plena consciencia de ello,
Pablo no quería entregarse al desgraciado ablande producido en el vacío firmamento de los seres
sombras, por lo que no dudó en enfrentar su fatal destino hasta ser derrotado.
El mito de Pablo, de Satanás,
llegó a los oídos de quien ahora versa su historia, empujándolo a escribir
las líneas que se encuentran leyendo para rescatarlo del infierno del olvido al que fue condenado por
los seres sombras.
Sin embargo, aquella duda de
Pablo, su certeza y su pequeña gran rebelión, pudo haber no sido.
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