Eduardo González Peña

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"El que cree haber entendido cualquier cosa sobre mí, se ha formado de mí una idea que responde a su imagen" Nietzsche.
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jueves, 12 de agosto de 2021

El camino es la grandeza: a 50 años del debut del Beto Alonso

Hace 50 años, debutaba en primera el Beto Alonso. Para aquellos que no lo conocieron, y también para los que quieren recordar sus hazañas, les dejo un enlace con la nota que escribí: El camino es la grandeza (hacer click aquí)

viernes, 9 de julio de 2021

Nota para La Izquierda Diario sobre Carlos Reutemann

Reutemann fue uno de mis más tempranos ídolos. Lloré cuando perdió en Las Vegas el campeonato de Fórmula 1. Después, durante un par de años, no quise ver ninguna carrera. Sin embargo, durante los veranos en la costa bonaerenses, siempre utilicé un Williams blanco y verde en las tremendas carreras que se jugaban entre los chicos de la playa. La Izquierda Diario me permitió escribir sobre su carrera deportiva. Para leer hacer click aquí. Espero que disfruten la nota.


lunes, 28 de junio de 2021

Motörhead y Girlscholl para La Izquierda Diario

Escribí para La Izquierda Diario sobre el cuarenta aniversario de los clásicos "No sleep `til Hammersmith" de Motörhead y "Hit and run" de Girlscool. Para leer el primer artículo hacer click aquí y para leer el segundo hacer click aquí.




jueves, 4 de junio de 2020

Pratto: destino, la diosa razón y la Cruz del Sur

Desde que la ciencia tomó noción de cómo afecta causalmente el azar a su pretensión ingenua de exactitud y de verdad, se nos llenó el rancho de terraplanistas, antivacunas, neoliberales, fachos de todo tipo y progres que quieren volver a la pachamama. Sin embargo, todavía hay una pequeña aldea que resiste ahora y siempre al filisteo posmoderno: la diosa razón. Todo lo que sigue no reniega de ella, sino que reafirma que es la diosa razón la que orienta nuestra atención y conjuga nuestros sentidos de forma pluridireccional al momento de reconocer que toda forma de simbolizar el conocimiento es válida mientras sea una resistencia a la introspección y las prenociones que aprisionan el conocimiento.
Hoy es el cumpleaños número 32 de Lucas Pratto. Cualquiera que le interese el fútbol sabe que él hizo 2 goles (uno sacando del medio) y fue partícipe necesario en el segundo gol de la ida en la final más importante de la historia.
Pero, retrocedamos al inicio del 2018. Llegó a River previo pago de la transferencia que nominalmente es la más alta de la historia. Digo nominalmente porque para compararlo con la transferencia de, por ejemplo, Bernabé Ferreyra hay que llevarlo a dólares constantes. Tarea para el hogar.
Volviendo a la transferencia de Pratto, a mí me hacía ruido pagar una cifra tan alta por un jugador que no presentaba en su trayectoria una justificación para pagar tal cifra. Parecía ser una burbuja de las miles que las transferencias de futbolistas tienen. Mucho más porque era claro el desastre económico que Cambiemos estaba armando. Es decir, el tiempo me dio la razón sobre el ciclo de endeudamiento externo tenía fecha de muerte y que ello iba empujar la devaluación de la moneda nacional, acelerar la inflación, aumentar el decrecimiento del PBI y así ir por mayores ajustes que aumentarían el ciclo regresivo.
River no es una isla, River es una cara de la Argentina (la otra son ellos). A los errores internos de la administración de River y las restricciones estructurales del fútbol argentino, la razón indicaba sumar el tsunami económico nacional que podía observar cualquiera que no tuviera espíritu de avestruz del cambiemita promedio.
A ello sumo que Pratto no se adaptaba al mandato histórico de lo que un 9 de River debe ser. Es sabido para cualquiera que no tenga un balde en la cabeza que, en una tierra de grandes jugadores, River puede mostrar orgulloso tener la mejor lista de jugadores en lo que refiere a la cantidad y calidad de cracks. Tanto comprados como de divisiones inferiores. Definitivamente no es algo opinable, es un hecho fáctico. Puede sonar soberbio, pero la soberbia es no conocer la realidad de las virtudes propias y ajenas. Entre ellos cracks se destacan nuestros 10 (Alonso, Labruna, Onega, Morresi, Ortega, Gallardo, Aimar, D´Alessandro, Lamela, Lanzini, Pisculichi o el Pity Martínez) y aquellos que no utilizaron la 10 porque había otros monstruos que vestían ése número mágico (Moreno o Sívori). Pero la camiseta número 9 también muestra como nadie el estilo River: Pedernera, Distéfano, Walter Gómez, el otro Onega, Luque, Kempes, Ramón Díaz, Francescoli, Jorge y Rubén Da Silva, Crespo, Cruz, Salas, Ángel, Saviola, Cavenaghi, Higuaín, Falcao, Trezeguet, Teo Gutiérrez, Alario o Scocco. ¿Qué tienen todos ellos? Ser nueves “totales”, es decir, ser el tipo de delantero que juega y hace jugar, que hace goles y hace hacer goles. Claro, también existen excepciones porque River también tuvo 9 tanques clásicos como Bernabé Ferreyra, Artime, Morete, Funes, Centurión o Borré.
Cuando llegó Pratto sus antecedentes no se adaptaban a las características del 9 promedio de River, pero tampoco mostraba (a pesar de su apodo) las características de un nueve tanque. Mi duda era la siguiente: ¿qué lo diferenciaba de no ser un fracaso de apellidos rutilantes como el de Batistuta, Pizzi, Esnaider o Pavone? ¿Qué nos hacía suponer que no navegaría el mar de una mediocre medianía como apellidos tales como Balbo, Cardetti, Farías o Abreu?
Sin embargo, no hay nada más lindo que el fútbol porque en él danzan la causalidad con el azar, lo teleonómico con lo teleológico. Lástima que muchos que aman al fútbol no puedan observar que es allí donde está lo hermoso del fútbol y prefieran las causalidades momificadas contrafácticas y/o tautológicas.
En este River hay una diferencia cualitativa frente a los River posteriores a La Máquina y La Maquinita, a saber, tiene al hombre más decisivo en 60 años: Marcelo Daniel Gallardo. Lo afirmo porque Labruna, Veira y Ramón nos dieron grandes glorias y les sobran virtudes irrefutables, pero siempre sus logros fueron sustentados en megacracks. Tanto es así que cualquier idea de formar grandes equipos en River suponía contar con megacracks y no había evidencia histórica de lo contrario. A diferencia de ellos, Gallardo fue el alquimista que transformó un equipo formado por jugadores medianos (la mayoría de los cuales hubieran sido apenas suplentes en los River de Labruna, de Veira o de Ramón) en puntales del reinicio de la senda del glorioso porvenir de River.
Y acá va lo que quiero decir: Pratto es al siglo XXI de River lo que fue Bernabé Ferreyra fue al River del siglo XX. 110% mérito de Pratto y 110% mérito de Gallardo, porque el fútbol no es reducible a los estrechos límites de la cuantificación matemática.
Pratto, te metiste de lleno en el corazón de quién escribe. Mientras yo viva, prometo hacer todo lo posible para que River nunca olvide a Pratto porque nunca jamás podremos agradecerte lo que nos regalaste. Creo representar a los hinchas de River al momento de desearte que seas tan feliz en tu vida como nos hiciste a todos nosotros.
Y respecto a Gallardo, él ya no es un capítulo en la historia de River, él es un tomo completo de ella.
Finalmente dejo la esfera de la diosa razón y entro en la metafísica para agradecer: ¡Gracias destino por dejarme ser testigo de lo que conocí por medio de los libros de historia de River! ¡Gracias destino por obsequiarme la Cruz del Sur al hacerme de River!

jueves, 29 de noviembre de 2018

Defensor de la fe riverplatense

Pasé un día sin postear en facebook en modo hincha-socio-fanático de River. Todo un récord considerando las circunstancias. En estos tiempos, ésa condición cobró su precio en mis relaciones sociales. Hoy tengo menos contactos en facebook y me salí o silencié grupos de whatsapp. Todo lo que traté de sostener en ése plano, con paciencia y civilidad, se perdió. Esta pérdida causa dolor, pero la pérdida se repite en mi vida como la muerte de miembro nuevo de cada capítulo de Combate, por lo que tengo un umbral muy alto para resistir ese dolor. Parece que no queda  claro que yo soy de esos sujetos que la da a River la condición de  sagrado. Condición que se profundiza porque no soy de River por herencia familiar: yo lo elegí a pesar de las presiones por convertirme en  hincha de Boca de mi abuelo materno y mi mejor amiguito, cuando todavía  no llegaba a los 4 años. En River encontré un carácter cohesivo para la  vida. Crecí a unas cuadras del Monumental, pero no tuve la oportunidad de ser socio hasta los 17 años, de ir a ver un partido hasta los 15 años, en toda mi niñez tuve una sola remera de la banda y siempre fui menospreciado en mi familia por mi gusto por el fútbol. Ello, en vez de frustrarme, templó mi amor por la banda. Cuando perdí mi religión (esa si heredada), por observar que no existía una unidad inseparable entre pensamiento y acción, y cuando mi identidad política (también heredada) fue aplastada por la restauración neoconservadora y sus políticas neoliberales, River y el Heavy Metal ocuparon los vacíos dejados por la  religión católica y la política partidaria en la construcción de  sentido. Un tiempo más tarde me inicié en las ciencias sociales, dando  forma a una trinidad de sentidos muy particular. Encontré contradicciones entre ellas y fui construyendo un espiral de modo cada vez más personal, hasta el punto de no conocer otros que se relacionen con estos tres planos de construcción de sentido como yo lo hago. Si me refiero a River, definitivamente soy un defensor de la fe. No esperen mucho más de mí. Muchos de ustedes también tienen sentidos que son tan o más banales que los del fútbol: se arrastran para pagar las cuentas y para conseguir un “trabajo”; ponen el “sentido” en sus hijos, a los cuales condenaron a vivir en un mundo de mierda por egoísmo; tratan de llenar su vacío existencial con vacaciones, consumo y la farsa de la “amistad” actual; se evaden de la mierda de la realidad como los frívolos; y un largo etc. Es decir, sufren el síndrome de Estocolmo con sus amos porque no tienen la valentía de aceptar que el mundo no tiene  sentido. Yo soy de River porque soy conciente que el mundo no tiene sentido y me la banco como un centinela.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Ponzio y la Matrix


En una parte de Matrix se realizan estas preguntas: “¿Cómo podrías demostrar que todo esto no es una ilusión? ¿Nunca has tenido un sueño que pareciera muy real? ¿Cómo sabrías entonces diferenciar sueño de realidad?”
Ayer mi hijo cumplió siete años y Leonardo Ponzio le regaló su tiempo y sonrisa para sacarse una foto. Ese semidiós que volvió a River unos mes después del nacimiento de mi pibe. Era el tiempo de la noche que retornó a los riverplatenses a nuestros humildes orígenes. Leo, jugando bien o mal en un deporte colectivo, siempre fue capaz de dejar de lado el egocentrismo y la necesidad de ser admirado. Demostró su temple de líder cuando no los había en la dirigencia y ni en el cuerpo técnico; cuando había que tolerar como nunca el destructivo poder de los medios y el morbo de los que consumen ese estiércol. En un gran mar de basura, Leo nunca se mostró como “único y especial”, y siempre evitó actitudes y comportamientos arrogantes. Hoy, al ver la foto y estar a unos días de un partido histórico, me pregunto si todo lo que ocurrió en estos siete años (con las cumbres de esas tres eliminaciones a Boca que nos dieron cinco títulos internacionales y uno nacional) es una ilusión, si no fue parte de un (hermoso) sueño que tuvo como protagonista a Leo y a otros o si fue real. Todavía no encuentro el prisma que me permita diferenciar el sueño de la realidad y, tal vez, no quiera encontrarlo. Gracias eternas Leo!

viernes, 28 de septiembre de 2018

El secreto del signo inscripto en el alma del Capitán Beto

Sabemos que el Capitán Beto llevaba la foto de Carlitos, un poster de River Plate y la estampita de un santo. ¿Cuál era ése santo? Ángel Amadeo Labruna, el "designatum" que lo acompañó por el espacio, el Ángel de la guarda del conductor de la nave hecha en Haedo. No lo desamparó en la nada del espacio, guiando la coherencia lógica y adecuación empírica de su ruta. Su exterioridad se volvió su interioridad hasta que, en ese viaje de introspección, el Ángel le permitió al Capitán Beto la comprensión, expresión moral y comunicación de lo que es ser hincha de River Plate Tu Grato Nombre. Ese era el secreto del signo inscripto en el alma del Capitán Beto. Feliz día millonarios!!!!

jueves, 20 de septiembre de 2018

Tesis “Ford Falcon (1962-1991). El mismo, pero mejor. Illusio, habitus y sentido práctico en el Campo Automotriz Argentino”.

Ya se encuentra disponible, en el repositorio digital de la UNSAM, la tesis “Ford Falcon (1962-1991). El mismo, pero mejor. Illusio, habitus y sentido práctico en el Campo Automotriz Argentino”. Si me permiten jugar con su nombre, trata sobre el Halcón –ese αρπακτικό πουλί (“depredador de aves”) – que devastó a su competencia. Pero fue mucho más. Se trató de un elemento cotidiano en la vida del país, “por todos querido”, que simbolizó “lo noble y confiable”. Siendo el “mismo”, siempre fue “mejor”. Reclamó para sí, con éxito, la condición de “auto más confiable de la Argentina” y logró “trascender el tiempo” al conectar el pasado, presente y futuro de los “caminos de la vida, construyendo cada día algo mejor”. De esa forma el Falcon –el “amigo incondicional de su dueño (y de su familia)”– fue asemejado a la vida (“Mejor para vivir”) y al anhelo utópico de armonía social o, dicho en palabras del marketing, “una forma de entendernos, de ser, de compartir y de sentir” y el vehículo “que elegimos (los argentinos) para escribir la historia de cada día.” Pero el también fue el objeto-símbolo del terror de Estado. Como una materialización del mito de Faetón, los “Ford verdes” quemaron todo a su paso: a la utilidad metafísica del Falcon (construida durante décadas) como objeto-símbolo “gaucho y confiable”, ligado al polisémico ser nacional y a una utópica vida familiar y del trabajo ajena al conflicto social, se le sumó la paralela y contradictoria transmutación simbólica de ser el “sujeto” de la violencia genocida y deshumanizante.
Nuevamente quiero agradecer Andrés Wainer, Juan Sebastián Califa, Paula Canelo, Pablo Nemiña,
Pablo Bonavena y al resto de los miembros del jurado, a todo el personal del IDAES y, especialmente, a las tres personas más especiales de vida: Justi, Milito y Pau.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

El Ángel del Millonario: Labruna

Hace 35 años moría Ángel Amadeo Labruna. Muy pocos recuerdos tengo de él dirigiendo a River y mucho menos lo vi jugar. Pero la curiosidad, los libros de historia y las viejas revistas me alcanzaron para comprender que fue el más grande del más grande. Y no me refiero a que Labruna solamente fue un gran futbolista en época sobraban grandes jugadores. No me limito a marcar que fue el máximo goleador de Primera División y de los Superclásicos. No lo circunscribo a su condición de jugador más ganador en River Plate. No es porque fue uno de los  jugadores que más defendió el Manto Sagrado. No es simplemente porque su apellido estuvo ligado a La Máquina y La Maquinita. No me alcanza con  delimitarlo a su condición de líder de aquel equipo que nos sacó de la  noche que duró 17 años y pico. Ya lo he dicho y lo repito: Ángel Amadeo Labruna es más que la suma simple de todo lo anterior. Su condición es de un blasón, un emblema, la representación gráfica del “deber ser”
riverplatense: nunca llorar, no tener miedo y siempre pretender las tres G. La única frustración posible es no sostener esos principios. Ángel, te conozco y te admiro aunque compartimos el mundo muy poco tiempo. Pero eso no importa. Vos trascendiste el tiempo y tu eco me estremece y agiganta mi corazón. ¡Gracias por hacerme entender lo que significa que mi sangre esté cruzada por un blanco pabellón!



viernes, 14 de septiembre de 2018

Yo, tu casaca metálica

Yo que soy el producto de tu historia, pero que también produje tu historia. Yo que tengo 26 años y que te recuerdo lo intrincado de tu individualización. Yo que soy fruto de esa disruptiva sensación de que el orden estable no existe y que te recuerdo el colapso de una estructura social “bien” instalada y relativamente fija. Yo que soy la hija de las posibilidades de cambio y que por eso fui diseñada bajo el impulso del miedo a perder a aquellos que considerabas tus iguales. Yo que soy la hermana menor del saco punky del gran Horacio B. Yo que soy una síntesis de entre tu trama biográfica y sus tensiones diacrónicas y sincrónicas. Yo que estuve con vos en las tribunas que River visitó durante 10 años, hasta que cambiaste por camperas del Millo: Careta! Yo que te acompañé cientos de veces a “jugar” al fútbol al Güemes. Yo que te veía compartir cervezas en las frías escaleras de algún rincón del barrio con el ya nombrado Horacio, pero también con Hernán, Sebastián, Cristian, Juan Martin y con la estrella roja de Augusto Clash. Yo que estuve en tu primera borrachera y, justamente, fue la familia Dorado la que te rescató de la ignominia de no ser capaz de volver a casa. Yo que tengo marcas de grasa de los arreglos mecánicos de los Toros y que supe ser verde oliva. Yo que te abrigaba mientras pescabas con Antígona y Garrote. Yo que estuve con vos en las gradas frías del autódromo de Buenos Aires. Yo que todavía llevo, en algunos de los parches, las señales de la mano hábil de tu abuela. Yo que te acompañe al primer recital de Milito y Justi con los enormes Kiss. Parece que hoy te tengo que recordar que fui mojada por Ozzy, que tuve que bancar la transpiración tuya y del resto de los monos que te rodeaban en esos diciembres adentro de Obras, para que cumplas tu deseo de estar cerca del Colorado gritando “Aguante Megadeth”. Y que siempre te protegí de los golpes de la vanguardia para estar cerca de Angus, Harris, Lemmy, Joey, Iommi, Rotten, Bruce, Alice, Darrell, DeMaio, Ian, Araya, Gene, Helfield, Halford, Dio, Gillan y Slash. Lo mismo con Riff, Hermética y Horcas. ¿Hace cuánto que no me portas como estandarte? ¿Te parece que me alcanza con recitales salteados de Black Sabbath, Ozzy, Megadeth, The Who, Anthrax, PIL, Los Violadores o Barón Rojo? ¡Yo quiero salir todas las noches! En fin, por lo menos me llevaste a ver a disfrutar del gran Divano en ACV y Velocidad 22. Lamentablemente, no pude ver a Hërpes con Nicolás Dorado. ¿De verdad? Es como un herpes que no pica. ¿Qué te pasa? ¿Qué te ocurre después de tanto tiempo? Sabés lo que pasa, aunque sos un buen metálico y todavía no engordaste lo suficiente para que no pueda cubrir tu humanidad, es que te estás volviendo viejo.
(Foto by Zazil Ha)

martes, 14 de agosto de 2018

Equilibrio

La ingenuidad de perseguir el equilibrio y de asemejarla con la belleza es una sombra que no me puedo desprender. En mi Fortaleza de la Soledad impera un caótico equilibrio. Allí, en sus alturas, me observaban Moby-Dick, Leviatán y Garrote. Su convivencia era desequilibrada. Dos de ellas son "artificiales" y una es "natural". Dos me acompañan desde hace décadas y una tiene menos de un año conmigo. Dos miraban a un lado y una apuntaba al lado opuesto. Tenía que equilibrar la situación y por eso compré una caña "natural" por menos del 5% de lo que tributo como siervo de Edenor. El tiempo la había tratado muy mal, pero yo la volví a vida y se llama Korallion. Ahora hay equilibrio en las alturas.

martes, 26 de junio de 2018

Del paladar negro y las viudas

El paladar de un hincha es todo. Nosotros, los de paladar negro, nunca somos viuda de nadie ni nada. No estamos atados a un pasado que ya no es "nuestro", sólo tenemos el fugaz presente y un indeterminado futuro. A los jugadores presentes no le cortamos la cabeza por un idealizado pasado: les exigimos como deportistas de alto rendimiento que son. Y también agradecemos. Gracias Messi! Gracias selección por estar a la altura de la presión del alto rendimiento!

martes, 6 de marzo de 2018

Antígona y la "vida útil".

“Sabía que debo morir algún día, ¿cómo no saberlo?, aún sin tu voluntad, y si muero antes del tiempo eso será para mí un bien, según pienso. Cualquiera que vive como yo en medio de innumerables miserias, ¿no obtiene provecho con morir? Ciertamente, el destino que me espera en nada me aflige.” (Antígona a Creonte)
En alguna parte de nuestra doxa está escrito que la mercancías deben ser siempre renovadas. Damos como evidente que los valores de uso se vuelven obsoletos y desconocemos que el consumo es un hecho político, es decir, dominación y poder. Además, renovar los valores de uso tiene una función diferenciadora y discriminatoria, y con ello se simboliza la realidad y se fija significados, construye y reproduce las jerarquías sociales y son tomadas como señales de ubicación del agente en el espacio social.
En 1985 compré una caña, sus productores le deben haber proyectado unos 5 años de vida “útil”. Ellos ya proyectaban que la fibra de vidrio maciza quedaría obsoleta frente a la fibra de vidrio hueca. Ellos son, como Creonte, los que fijan la ley que rige la “vida y muerte” de todo valor de uso. Sin embargo, la caña que hasta hoy se llamó “Roja Súper Especial” se cansó de darme satisfacciones. Tal vez la más importante sea que ella le dio a Milito su primer pescado de rio y de mar. Su valor de uso superó todo lo que yo podía sospechar el día que la caña me entró por los ojos en aquel local de la calle Paraná. Ella sabe, como Antígona, que debe morir algún día. Pero eso no va ocurrir mientras de mí dependa. En estos días la reciclé y la rebauticé con el de nombre de “Antígona”. Va a colgar junto a “Garrote” en mi Fortaleza de la Soledad, pero Antígona va a volver pescar.

Sin embargo, la doxa de las mercancías, la ley que rige la vida útil de una caña de fibra maciza y Antígona misma pudieron haber no sido.

Garrote y conocer-reconocer

Borges, en La Noche de los Dones, inicia su relato con un debate sobre el problema del conocimiento. Narra que alguien invocó la tesis platónica que supone que ya todo lo hemos visto en un orbe anterior, de suerte que conocer es reconocer. ¿En qué se relaciona la tesis platónica con lo que sigue? Bueno, hace 30 años y un mes compré una caña de mar que todavía conservo. Esa caña era "de lanzar", ya que medía tres metros y medio y podía soportar una plomada de 200 gramos. ¿Por qué comprar la caña más grande que pude encontrar? Porque conocer es reconocer, y eso es una trampa de la memoria y los sentidos.
Mi primera caña me la regalaron mis padres en 1977, cuando nació mi primer hermano. Era verde, de fibra y debía medir un metro cuarenta centímetros. Esa caña pasó su efímera vida guardada, hasta que mi madre decidió tirarla a la basura. Para aquella época ya iba a pescar. Mi primer recuerdo es con mi padre y mi tío Tito, en la Costanera Sur cuando todavía era bañada por el Rio de la Plata. Luego, verano de 1978, recuerdo el muelle de lo que era un pequeño rejunte de casas en lo que hoy se conoce como Mar del Tuyú (una zona que comenzaba a crecer merced a la pavimentación de la ruta provincial 11). Yo no “pescaba”, ni siquiera me dejaban entrar a la zona de cañas del muelle. Pero ¿cómo olvidar la noche en pleno mar y el imponente sonar de las olas golpeando obstinadamente los pilotes del muelle? También recuerdo ayudar a los que pescaban (algunos dicen “colaban” el agua) con “medio mundo” a recoger los peces y llevarlos al balde.
Cuando llegó el verano de 1981, mi tío Tito me prestó una caña adecuada para mi tamaño. Con ella pude pescar un pequeño cazón en el muelle de Mar de Ajó. Me sentía lo más. En aquella época “Tiburón” había dado una dimensión de “villano de película” a los escualos. Luego tuve que devolver esa caña prestada y me sentí como un jugador de fútbol sin una pelota…
Un día de 1982, yo me encontraba en la casa de mi abuela Amanda. Allí pasaba largas temporadas, pero era muy difícil aburrirme. La casa se encontraba en la calle Laprida a menos de dos cuadras de Santa Fe. En la noche permitía imaginar todo tipo monstruos y fantasmas, en el día estaba lleno de rincones para explorar. Allí comenzó mi relación con el árbol de la ciencia del bien y el mal, cuando descubrí la biblioteca de mi abuelo. Un día, buscando algo que no recuerdo, entré a la habitación de mis abuelos. Allí había un antiguo ropero que casi se tocaba, en uno de sus laterales, con una pared. En ese rincón pude distinguir algo. Con una gran adrenalina metí la mano y saqué un conjunto de cañas de pescar. La mayoría no se encontraban en condiciones de usar, por roturas y faltantes, pero entre ellas había una hermosa caña de dos metros ochenta centímetros. Lo primero que hice fue avisar a mi abuela, que no recordaba cómo habían llegado las cañas allí. A ello agregó que posiblemente eran de mi tío Tito y de mi padre. Cuando llegó mi padre le pregunté –ansioso– si la caña “era de él”, porque asumía que transitivamente se transformaba en mía. Pero mi padre destrozó mi entusiasmo con una fría frase: “no es mía”. “Entonces es de Tito”, le indiqué, y nuevamente me respondió con una negativa; pero agregó un dato fundamental: “seguro que es de tu otro tío”. El tío en cuestión se llamaba Miguel Ángel y no lo “conocía” porque vivía entre la península de San Pedro y LLao LLao, cerca de Bariloche. Era bastante años más joven que mi padre y mi tío Tito. Si no recuerdo mal era clase 57 y por eso se salvó de la colimba. Para mí era una especie de superhéroe que escala montañas, trabajaba en el centro atómico, había sido un gran alumno y otras muchas hazañas. Cuando mi abuela se enteró que la caña era de Miguel Ángel, me dijo que la volviera a guardar en ese oscuro rincón. No era de extrañar porque mi abuela nunca me había dejado entrar a un pequeño cuarto conocido como “de Miguel Ángel”. Lo que había allí era el mayor misterio de toda la casa. De todas formas no me desanimé e insistí con todos los que podían interceder frente a la negativa de mi abuela. Creo que fue mi abuelo el que convenció a Amanda de que no tenía sentido seguir guardando esas cañas. Finalmente, la caña de Miguel Ángel se convirtió en mi segunda caña. Con ella me cansé de pescar tanto en rio como en mar, tanto en la costa como en los muelles. A pesar de no tener pinta de ser fuerte y estar pasada de moda, aguantaba corvinas y, principalmente, me hacía muy feliz.
Llegado 1985, acompañe a mi madre a la calle Paraná no sé para qué. Creo que era verano, porque de otra forma yo tendría que estar en el doble turno del colegio. La calle Paraná era la Warnes de las casas de pesca y allí pude convencer a mi madre que me comprara una caña roja de fibra de vidrio de dos metros cuarenta centímetros. Esa caña pescó desde los lagos de Palermo hasta las escolleras de Mar del Plata. Incluso, en el invierno de 1987, la llevé a un campamento a Tafí del Valle para poder pescar truchas. La uso hasta hoy en día y mis hijos la conocen como la “de la suerte”, aunque su nombre es Roja Súper Especial (toda caña y auto tiene que tener nombre).
En la Semana Santa de 1987, llevé la caña “de Miguel Ángel” y la Roja Súper Especial a pescar a la Costanera Norte. Yo vivía a unas treinta cuadras del comienzo de la parte norte de la Costanera. Con mi hermano fuimos en bicicleta. En alguna parte del viaje –seguro que haciéndome el canchero– me caí y se golpeó la caña “de Miguel Ángel”. Cuando llegamos a la Costanera y empezamos a armar las cañas me di cuenta de que estaba rota. Pero me negué a reconocer que ya le había llegado la hora a la caña. No lo podía aceptar, era la caña que me acompañó casi toda la primaria y había pescado con ella la mitad de mi vida. Tuve que contener las lágrimas, porque el mandato era “los hombres no lloran”. En ese pequeño infierno personal, de pronto escuché tocar la bocina del Torino de mi padre. Manejaba mi madre y nos estaba buscando por toda la Costanera porque “los militares iban a dar un golpe”. Mientras todo el país estaba movilizado por el levantamiento cara pintada, a mí lo único que me importaba era cómo reparar mi caña preferida. El lunes posterior a “felices pascuas, la casa está en orden”, llevé la caña a una casa de pesca para repararla. Pero me dijeron que no tenía arreglo. De todas formas no me di por vencido y la reparé yo. Al fin de semana siguiente la llevé nuevamente a la Costanera y se terminó de partir en un lanzamiento. Finalmente me tuve que resignar y comencé a planear su reemplazo.
La única caña que me quedaba era la Roja Súper Especial y una caña de mi padre que se había podrido al nivel de sus encastres y que ya no servía para nada. Un compañero del Instituto Superior Porteño me prestó una caña de fibra de vidrio para mar “que se había encontrado en Pinamar” (se la choreo a alguno) y no le interesaba usar. Pero luego nos peleamos y se la tuve que devolver. Mientras recorría los negocios de pesca de Núñez y Belgrano, para saber precios. Eso fue en Mayo. Entonces tomé la decisión de ir caminado las quince cuadras que separaban mi casa del Porteño y no gastar en nada. Incluso ahorré la mayoría del dinero que me habían dado mis padres para ir al campamento de Tafí del Valle. Con ese dinero acumulado ya podía comprar una nueva caña. Pero el dinero quedó en uno de mis pantalones y mi madre lo llevó a lavar a una lavandería y así perdí buena parte de lo ahorrado. Los dioses de la pesca se rían de mí. Encima los dioses de la economía hacían lo mismo: la inflación no paraba y las cañas no dejaban de aumentar su precio. Pasaron los meses y llegó el verano, y lo que yo ahorraba siempre era nominalmente más y realmente menos. Entonces pedí a todo el que escuchaba que me dieran plata para la Navidad de 1987. Así pude comprar una caña de mar. Era del tipo conocido como “garrote” y era de caña natural. Tenía una excelente terminación y también compré un reel Escualo. Para ese entonces ya contaba con catorce años. En la decisión se condensó todo mi conocer que no era otra cosa que mi reconocer. ¿Por qué no comprar una caña de fibra de vidrio? Porque una caña natural me había hecho muy feliz. ¿Por qué comprar una caña tan grande y pesada? Porque pensaba que si una caña mediana funcionaba tan bien, una caña grande tenía que ser mejor. Además, yo me sentía retado físicamente: tenía que demostrar al mundo que podía usar esa caña enorme y extremadamente pesada. Posiblemente me angustiaba no haber pegado el estirón cuando casi todos mis compañeros ya lo habían hecho. Sentía que me estaba quedando petiso. Tal vez ese complejo inició la cadena causal de complicaciones que tuvo esa caña. La primera fue que con ella tuve el primer hecho de "inseguridad" de mi vida. El día que la pensaba estrenar en la Costanera, tres pibes más grandes que yo me quisieron robar entre Ciudad Universitaria y Parque Norte. Ese día la caña ganó su nombre: Garrote. ¿Por qué? Porque la usé para literalmente romperle la cabeza a uno de los ladrones, cosa que no pude lograr pero que me permitió escapar. Asustado, ya no quise volver a la Costanera. Llegó Enero y fuimos con mi familia a San Bernardo. Una noche, con mi padre, concurrimos al muelle de Mar de Ajó. Para esa época, verano de 1988, el Partido de la Costa ya estallaba de gente. La zona de cañas estaba repleta de pescadores y casi no había espacio para lanzar. Lo que se solía hacer en esos casos era que los que estaban con las líneas tendidas se corrieran y bajaran un poco las cañas. El pescador que iba a la lanzar gritaba “va plomo” y esperaba que se corrieran los que estaban cerca de la baranda. En un momento yo era el que tenía que hacer el lanzamiento. Grité bien fuerte el “va plomo”. Todos se corrieron menos un viejo (debía tener la misma que yo ahora) pelado. Entonces volví a gritar “va plomo”. El pelado se dio vuelta, me miró y no se movió ni un centímetro. Enojado volví a gritar “va plomo” y lancé por encima del pelado. Pero el diablo metió la cola… el carretel del reel Escualo tenía una gatella en la tanza y se trabó. La plomada de 200 gramos me empujó la caña hacia abajo y le pegué en el medio de la pelada al viejo. Todavía me pregunto cuánto de accidente tuvo el cañazo, cuánto de “destino manifiesto” tenía una caña llamada Garrote y cuánta gana de darle una lección al viejo canchero. Recuerdo que uno gritó “sonó hueco” y todos los pescadores estallaron de risa. Después de eso el pelado se tuvo que ir a su casa y todos se corrían cuando yo lanzaba.
El reel Escualo es un capítulo aparte. Era una marca amada por los pescadores argentinos y el equivalente del Ford Falcon: nunca se rompía (?). Bueno, en realidad eso de que no se rompía era un mito, por lo menos en el modelo 6007. En mi caso se rompió tres veces una pieza (conocida como “uña”) que unía un sinfín con el vástago que movía el carretel. Cada arreglo era una fortuna de dinero y lo peor era –como "no se rompía"– que me decían que se rompían por mi culpa. Aunque era verdad (desconocía que, en caso de enganche, no hay que “tirar del reel”), era justamente lo que menos quería escuchar y le tomé bronca al Escualo. Hasta el presente post sostenía que tuve y tengo un montón de reels y que solo se rompió el Escualo 6007.

Para el verano de 1989 yo ya no tenía problemas para dominar a Garrote finalmente había pegado el estirón y la usé seguido hasta el año 2001 que compré una caña de grafito de tres metros sesenta centímetros, a la cual llamo Leviatán. Esporádicamente volví a utilizar a Garrote y hoy tomé la decisión de sacarla del servicio activo. Garrote ya no va a pescar, los años ya la afectaron y usarla solo va a llevar a que se rompa. Desde mañana va a colgar en mi Fortaleza de la Soledad.
Para terminar, vuelvo a Borges. Él ponía en la boca de Bacon la frase "aprender es recordar". Por eso es que recuerdo a Garrote y las trampas del conocer-reconocer.

Sin embargo, la tesis platónica, mi primera caña, el enorme pequeño cazón, la caña "de Miguel Ángel", la Roja Súper Especial, mi querido Garrote, el pelado del muelle de Mar de Ajó, el reel Escualo 6007 y el "aprender es recordar" pudieron haber no sido.

viernes, 26 de enero de 2018

historia reel Escualo

“El primero no importa, pero el segundo será un Escualo” (Fidel Castorani, creador de los reels Escualo). La propaganda de los reels hasta finales de los años ochenta era muy diferente: se generaba de un usuario a otro. Justamente mi segundo reel fue un Escualo Bacota y lo compré convencido de lo que me habían contado otros pescadores. 
Si te gusta la pesca y si te interesa la historia de la industria en la Argentina, no podes de dejar de darle 45 minutos de tu vida a esta entrevista a Fidel Castorani.

miércoles, 10 de enero de 2018

Protocultura: Macross vs. Robotech

El elemento central de la trama de “Macross” es la “Protocultura”. No se refiere a una bioenergía producto de una avanzada civilización extraterrestre. Esta interpretación es propia de la sociedad norteamericana, que hace de la tecnología militar un fetiche, y aparece en “Robotech”. En el mundo de significados de la serie japonesa, la Protocultura hace referencia a que la supervivencia de la sociedad no se encuentra arraigada a su desarrollo tecnológico (los humanos no son rivales para los Zentradi y Meltradi), sino que depende de las leyes que gobiernan las relaciones sociales y su correspondiente orden moral. Entonces, podríamos decir que la diferencia fundamental entre Robotech y Macross no es la calidad de la animación, los guiones, los nombres de los protagonistas, que en el caso norteamericano hay una clara división entre los “buenos” y los “malos” y que necesita explicar con una voz en off los eventos y motivaciones de los personajes como si el público fuera un grupo inepto para desarrollar significaciones... no, la diferencia es a quién “le habla” cada serie: los norteamericanos le hablan a la figura del “consumidor”, los japoneses le hablan a la figura del “ciudadano”.

lunes, 23 de octubre de 2017

George Young: we salute you!

Murió el sexto miembro de AC/DC, el tercer hermano Young. George fue protagonista del primer éxito internacional de una banda australiana con The Easybeats. En AC/DC fue durante mucho tiempo su director técnico, manager, bajista suplente e inspiración para sus hermanos menores. Buen viaje! Saludos A Bon! We salute you!

domingo, 27 de noviembre de 2016

Black Sabbath: The End en Buenos Aires

Cerré un gran año que empezó con Iron Maiden y Anthrax, siguió con Barón Rojo, Los Violadores, PIL y Megadeth. Ayer The End llegó con los maestros de Black Sabbath. Monstruosa banda que fácilmente se coloca entre las cinco más influyentes de la historia del rock. Las gloriosas Black Sabbath, War Pigs, Paranoid, Children of the Grave, Into the Void y After Forever, por nombrar algunas de sus joyas, sacudieron a Liniers para que no quedaran dudas de que los Dioses del Metal encarnaron en Iommi, Geezer y Ozzy. Lamentablemente la hora cuarenta quedó corta para una lista de clásicos que dejó afuera a himnos como Sabbath Bloody Sabbath, Sympton of the Universe, NIB o Sabbra Cadabra.
Mis respetos para un mito que nunca morirá.

PD: Viticus -Vitico es demasiado importante en Argentina para ser soporte de Rival Sons- la descoció.
PD 2: A la vuelta del recital, decidí ser libre de gastar una pizza y algunas porciones (mercancía que en estos tiempos funciona como equivalente general para poder realizar nuestra hermosa libertad) para volverme en taxi. El tachero, horrorizado por llevar a un satánico metalero, me regaló unas entradas para Iglesia Rey de Reyes, en la cancha de Platense. Las voy a donar a cualquiera que quiera presenciar tocar a Jimmy Reptile and all his friends.